Respondiendo a la llamada del Padre General, José Hernández, y enviadas por el Instituto, hemos emprendido este viaje con ilusión y confianza, abiertas al Espíritu de Dios, y dispuestas a dejarnos llevar por las sorpresas que nos iba deparando. El Objetivo del viaje era conocer y explorar las posibilidades de una presencia del Instituto en esta tierra, que hemos sentido, de manera especial, como "tierra sagrada".
No es difícil hacer una crónica, aunque nos llevaría largo tiempo, pues son muchos los momentos y detalles importantes a destacar. Y digo que no es difícil porque desde el momento que pisamos la tierra de la India hasta que nos subimos al avión para regresar con nuestra misión cumplida, se fueron grabando sólidamente en nosotras los distintos encuentros, paisajes, sucesos, rostros y experiencias que hemos vivido. Y no se borran los instantes más minuciosos.
Pero no es tan fácil poner en palabras la vivencia personal, los ecos que aún suenan como música de fondo en nuestro interior, el despertar contínuo de la sensibilidad y la anchura que se ha ido abriendo ante nosotras, haciéndonos sentir que La Casa que el Padre nos da en la tierra es espaciosa y está dispuesta para que todos participemos de las inmensas riquezas en las que se desborda sin cesar. Por eso, interpelan muchísimo las grandes desigualdades y contrastes.
De la India muchas veces nos llega la pobreza, marginación, los problemas de la superpoblación, los conflictos por la diversidad religiosa, la diferencia cultural, el abismo respecto al mundo del progreso occidental, y la distancia entre los políticos y el pueblo. Hay problemas inmportantes, y retos que nos interpelan constantemente respecto a las diferencias dolorosas, marginación, explotación y necesidades clamorosas. También nos llegan sin cesar noticias sobre el sometimiento, marginación y explotación de la mujer; este tema, junto al reto de la promoción de jóvenes y mujeres, especialmente nos interpela por lo esencial de nuestro carisma y misión como trinitarias.
Pero hay otra realidad que no se profundiza tanto y que en cierto modo es una esperanza para el desencanto que a muchos nos trae también el necesario progreso, de cuya riqueza participan sólo unos pocos, y que se lleva consigo innumerables víctimas, tanto en Occidente como en cualquiera de los países que llamamos del "tercer mundo".
Es muy difícil entender la realidad a partir de nuestros parámetros. India es un lugar diferente, que nos va ofreciendo una gama de impresiones mezcladas y confusas. Hay que dejar los propios esquemas para acoger la riqueza que ahí se nos ofrece; hay que saber dejarse interpelar, para descubrir en cada cosa un signo y un don, y en ocasiones un reto o llamada. Porque también hay mucha riqueza en la India: riqueza HUMANA sobre todo; hay gran sensibilidad, hay belleza por todos lados, rostros profundos que constantemente nos hablan de lo trascendente del ser humano, hermosos e inmensos paisajes naturales que nos elevan constantemente de la mediocridad en la que con frecuencia nos encaramamos. Y hay mucha sencillez y humildad.
Otros valores nos han seducido, tocando los ejes del corazón y la mente impregnados de occidentalismo: la acogida entrañable, la familia, la atención personal y cálida al huesped, la sonrisa, el tiempo como regalo incondicional y la vida como algo sagrado, la mirada profunda y la espiritualidad como dimensión esencial de nuestra humanidad.
Claro que estos valores perduran en muchos rincones de nuestra cultura, pero parece que poco a poco los vamos enterrando. También en la India, como decía, hay explotación y avasallamiento de lo más genuíno del ser humano, pero también el estilo de vida, al menos en los lugares que hemos tenido la suerte de visitrar, nos invita a relativizar muchos de nuestros absolutos, y a considerar lo esencial del ser humano, lo sagrado de la vida, y el valor del tiempo que compartimos.
Estamos viendo como el tema de la globalización pone en relación culturas diferentes, y hace posible una mayor comunicación de bienes entre los diferentes pueblos y seres humanos. Ójala esta comunicación produzca frutos de enriquecimiento, y no nos lleve a la aniquilación de los infinitos valores de las diversas culturas. Cuando alguien se cree superior, por una falsa valoración de lo que se tiene, las consecuencias pueden dañarnos a todos. Pero si logramos un verdadero encuentro ningún valor deberá ser aniqulado; no debe haber poderosos que avasayen por donde van, ningún sabio verdadero desprecia cualquier expresión cultural, ni el más mínimo gesto humano por sencillo que sea, y sí sabe ver el tesoro que encierra una tierra virgen, genuína culturalmente, espejo de nuestra esencia humana y espiritual por no haber sido aún demasiado manipulada por los poderosos de la tierra.
Creo que tenemos bastante que compartir. El verdadero encuentro conlleva siempre respeto y produce enriquecimiento mutuo. Esta es nuestra esperanza.
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