DESDE EL OTRO LADO
... Me presenté en la Comisaría, porque me habían dicho que dos agentes de policía estuvieron preguntando por mí en la Oficina de Orientación a la Juventud de las Hermanas Trinitarias, donde había encontrado un trabajo. La señora con la que trabajaba me había denunciado por el robo de distintos objetos de valor. Padecía un trastorno bipolar de personalidad y durante casi dos años estuve en su casa como empleada de hogar.
Como yo no tenía nada que esconder, me presenté en Comisaría con la intenciçon de colabiorar y evitar problemas. En el mismo momento en que me presenté me dejaron detenida, por aquellas acusaciones y porque no tenía papeles ni un domicilio de referencia. Me pidieron que entregara el móvil y lo poco que llevaba, me cachearon y me acusaban; recuerdo que uno de los policías me decía: “devuelve al menos la mitad de lo que cogiste y la señora retirará la denuncia”.
Me asignaron un abogado de oficio y me llevaron a los calabozos de Moratalaz esposada en una furgoneta con otras diez personas acusadas de distintos delitos. Unas cuantas horas más tarde me llevaron a los Juzgados de Plaza Castilla, donde me dejaron detenida en un lugar muy frío y sucio, totalmente insalubre. Me dieron de comer un zumo y unas galletas. Era de noche cuando fui trasladada al Centro de Internamiento para extranjeros (CIE) de Aluche, Madrid.
Al llegar al CIE sólo me dejaron coger dos números de teléfono de mi móvil, me dieron una colchoneta y una manta para dormir en el suelo. Nos levantábamos a las 8,00h de la mañana y no podíamos ir al servicio durante toda la noche, veía a personas que se despertaban y orinaban en botellas de refresco porque no se podían aguantar por más tiempo y luego las vaciaban en el lavabo que teníamos allí.
Durante este tiempo, que estuve retenida en el CIE, pude presenciar la desatención que allí existía con distintas compañeras en situaciones bastantes delicadas: Una joven embarazada que sufría numerosas crisis epilépticas y que solo en tres ocasiones de crisis extremas vino el SAMUR a verla. Otra chica embarazada de dos meses comenzó con una hemorragia muy temprano, y hasta que no pasó la mañana entera y empeoró su situación, no avisaron al SAMUR para llevársela; pasadas unas horas la trajeron de vuelta como si nada hubiera sucedido, pero había tenido un aborto y ya había perdido el niño. Una muchacha nigeriana que padecía del corazón le dio un desmayo, el SAMUR la atendió después de 15-20 min., no pudieron ponerle tratamiento y no la dejaron coger su medicación de entre las pertenencias requisadas; otra joven bosnia embarazada de seis meses que se quejaba de mucho dolor, fue al médico y nos dijo que ni la miraron que solo la dieron unas pastillas para calmarla, salió a los 38 días de estar allí.
En todos los casos, las jóvenes eran sacadas al pasillo y el SAMUR siempre las atendía allí, nunca tenía acceso al interior.
Había días muy fríos en los que la calefacción estaba apagada, y en el resto de los días que se encendía apenas se notaba el calor. Como muchas de mis compañeras estuve con gripe; me dio bastante fuerte, el médico me miró a unos a tres metros de distancia y me dio cuatro pastillas para el dolor.
La familia o amigos no nos podían traer nada de comida, sí algunos productos de aseo. Las compresas se las teníamos que pedir a los funcionarios, y a veces como en los fines de semana, algunos se negaban a dárnoslas, nos decían que nos arregláramos con papel higiénico. Los cepillos y pasta de dientes nos lo quitaban y había muchas veces que si tenían mucho trabajo, no nos lo daban. El agua de la ducha estaba fría y si reclamábamos, había agentes que respondían que gastábamos mucha energía.
Había tres teléfonos donde hablábamos, sabíamos que estaban pinchados porque justo cuando criticábamos algo del CIE las líneas se cortaban.
Un día hablé con una chica que estuvo conmigo y ya la habían deportado a Bolivia. La llevaron del CIE tal como se encontraba en ese momento, en chanclas. Al llegar allí tuvo que buscar el medio de llegar a su ciudad. Los agentes que la acompañaron en el viaje la entregaron a la policía boliviana, quienes según ella me dijo, se extrañaron de que se la entregaran sino no había cometido ningún delito.
Conocí a dos chicas que las habían internado separándolas de sus bebes con apenas tres y siete meses de vida, quedando los pequeños en un caso con la familia, y en el otro, a cargo de la Comunidad de Madrid.
Algunos días la comida no se podía ni comer porque estaba quemada o muy salada. Casi siempre era pasta o arroz y pan, sólo un día comimos carne con lo cual sufríamos de estreñimiento con frecuencia.
Después de llevar ya en el CIE, treinta y cuatro días me llegó la orden de expulsión. Era viernes por la tarde, la tuve que firmar sin que me dejaran tiempo para leerla, y sin poder ponerme en contacto con mi abogado de oficio, que estaba ya preparando el recurso de desinternamiento. Ya faltaba muy poco para cumplirse el plazo máximo de los 40 días en el CIE.
El sábado a la hora de la comida me llamaron para llevarme al aeropuerto. Tuve que recoger lo que tenía muy rápidamente, y una vez allí lo tuve que dejar junto con el móvil, los pendientes, el aro de boda y otro anillo para facturarlo. Fui con otros tres bolivianos y el trato fue muy malo, insultándonos y amenazándonos, nos decían: “que éramos la lacra de la sociedad, que debemos regresar atados como animales a nuestro país”. Nos dejaron unas tres horas en los calabozos del aeropuerto. Después en una furgoneta nos llevaron al avión para deportarnos a nuestro país.
Pero nos negamos a subir al avión. Trataron de embarcarnos a los cuatro a empujones y al final no lo consiguieron, y tuvieron que optar por devolvernos al CIE, los policías que nos acompañaban seguían con los insultos y las burlas hacia nosotros. Aunque antes volvimos a estar retenidos durante unas horas en los calabozos del aeropuerto.
Perdí todo lo que llevaba en la bolsa, que marchó en el avión. Esa noche nos dijeron que dormiríamos en el suelo como castigo, aunque al final no fue así y pasado un tiempo nos dieron una colchoneta y una manta para dormir. Nos dijeron que al día siguiente tomaríamos el vuelo atados y con unos agentes que nos acompañarían.
Justo a los treinta y ocho días me llamaron por mi número de identificación en el CIE, y me dijeron que me preparara sin añadir nada más. Ya sin esperarlo uno de los agentes me condujo hacia la puerta de salida: ¡por fin tenía la libertad!
No sabía ni donde estaba, siempre había entrado y salido de allí de noche. Él me indicó por donde debía ir. Desde una cabina llamé a un amigo y él me llevó hasta la Casa de Acogida de HH. Trinitarias, donde pude encontrarme como en familia sintiendo que ya no estaba sola, y que todo ya había pasado. ¡GRACIAS A DIOS!
Durante dos semanas que estuve en la Casa de Acogida pude arreglar mi situación con el abogado, que el día que salí había presentado el recurso de desinternamiento. Ahora tengo que esperar a que se resuelva la denuncia de la señora pues mientras tanto la orden de expulsión sigue vigente. Desde esta Institución de HH. Trinitarias me siguen apoyando y me han ayudado a encontrar un nuevo trabajo, donde estoy bien. Necesito continuar trabajando en España, por mis hijos, mi marido y mis padres que precisan de mis ingresos para salir adelante.
Quizás en un futuro más o menos lejano pueda regresar a mi país y encontrar de nuevo con ellos para rehacer mi vida a su lado, pero todavía es pronto, y he de esperar a que un buen día este sueño se pueda hacer realidad.