Dulce es una jóven mexicana que vino a España hace ya casi cuatro años, buscando, como tantos emigrantes, promocionarse y superar su situación personal. Ella, además, tenía ganas de conocer el mundo y aventurarse en nuevas experiencias. Pero sobre todo buscaba conocerce a sí misma, conocer sus límites, y el sentido de su vida.

Por diversos vericuetos acabó en Madrid en una de nuestras Residencias. Ella ha luchado mucho por ser fiel a sí misma, a sus principios personales, y a sus propias raíces. Pero también al presente que le toca, y al futuro que la aguarda. Podemos decir que Dulce se ha ido abriendo camino gracias a sus dotes personales, a su esfuerzo, a su fe, y a "un poco de suerte", o de Gracia. En estos años Dulce ha aprendido mucho, ha superado situaciones, ha logrado algunos de sus objetivos. Pero también ha aportado mucho, nos ha enriquecido con su presencia, ha compartido lo que es y lo que tiene consigo, y siembra de iniciativas y esperanza el entorno en el que participa activamente.

Está contenta de estar aquí. Quiere seguir compartiendo. Tiene mucho que contarnos.

 

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¿Por qué hay tanta desigualdad en el mundo?

Un amigo mexicano vino hace unos meses a Madrid buscando un mejor nivel de vida, oportunidades de trabajo y, por supuesto, ¡una nueva vida! Su estancia en Madrid fue muy corta pues, después de 3 meses, sus ilusiones y planes de encontrar un mejor nivel de vida fueron destruidos. Y decidió regresar a México.

Al despedirnos pudimos hablar de su experiencia en la Gran Capital. Haciendo un balance, la experiencia le resultó positiva. Me comentó algunas de sus alegrías aquí: la primera fue haberme visitado y saber que, Gracias a Dios estoy bien; la segunda, que conoció a unos amigos coincidentemente mexicanos, los cuales como actividad extra, forman un grupo de mariachis y baile regional en donde él pudo tomar algunas clases; me comentó que aprendió a bailar “El Jarabe Tapatío”. Y otra alegría el haber tenido la oportunidad de cruzar el charco y conocer esta parte del mundo, haber tenido el valor de aventurarse a vivir en el viejo continente. También valoró el haberse dado cuenta de lo valiosa que es la amistad, el apoyo familiar y, sobre todo, que supo reconocer que aquí no era su lugar.

Su suerte aquí ha sido como la de muchos otros. La habitación que encontró la primera semana era perfecta. Pero con el tiempo llegó más gente que hasta vivían en los pasillos y en el salón. Y en un piso de 3 habitaciones vivían 14 personas. Entre conocidos y parientes recién llegados, eso estaba a tope. Después encontró un trabajo de Buzoneo donde tenía que recorrer todos los días una distancia como de Argüelles al Retiro, ida y vuelta 4 veces; le prometieron un sueldo que al fin de mes no se lo dieron completo, argumentando su jefe, Ecuatoriano, que no tenía dinero, que se esperara para el próximo mes. En fin estás son solo algunas de las desventuras de un recién llegado.

Esta es la historia de Alex. Una historia como la de otros muchos. Cada vez más. Debo aclarar que al comentar la nacionalidad de su ex jefe lo único en lo que deseo hacer énfasis es que ¡cómo es posible que entre nosotros mismos (extranjeros) no nos ayudemos, si hemos pasado inevitablemente por las mismas circunstancias!

Por las mismas fechas, aquí cerca del barrio donde vivo, he visto un transeúnte que me ha cautivado. Bueno, en realidad hay más, pero él en especial despierta mi sensibilidad. Es un señor que se dedica a recoger las colillas de los cigarros de la calle, y no pide dinero. Me pregunto qué comerá. Por su aspecto es evidente que lleva mucho tiempo sin dormir en un colchón y sin ducharse, ni se diga que no se desde cuándo viva en la calle, pero es increíble que no reciba ayuda.

Cuando una no pasa de largo ante lo que le rodea, ni lo deja estár sin más, surgen las preguntas. Me pregunto y les pregunto a ustedes ¿Por qué la vida no es justa? ¿Por qué no tenemos las mismas oportunidades todos? ¿Por qué los seres humanos somos tan mezquinos? Y, lo peor: ¿Por qué somos indiferentes a las historias que viven y mueren a nuestro alrededor? ¿Será que ya estamos tan acostumbrados a verlas y oírlas que ya no causan ningún efecto en nosotros?

Inevitablemente le pregunto a Jesús ¿Por qué lo permite? ¿Por qué no socorre a los más necesitados? ¿Por qué es así el mundo?

Preguntas sin respuestas. Pero al hacérmelas se despiertan dentro de mí lo más humano, y lo más divino. Se abre mi corazón, y siento una mayor responsabilidad y cercanía ante mi prójimo. Creo que es Él quien me habla a través de mis preguntas. Dios nos crea a su imagen y semejanza, nos regala la libertad para elegir... y, lamentablemente, no siempre sabemos elegir.

Si el mundo está así no es porque Él quiera ni porque lo permita. Somos nosotros los que estamos haciendo este mundo así, somos nosotros los que marcamos la diferencia entre unos y otros; somos nosotros los que creemos y creamos la desigualdad, los que hemos perdido la Esperanza, los que creamos los problemas; somos nosotros los que complicamos nuestra vida y la de los que nos rodean, los que no cuidamos la naturaleza, los que no respetamos la armonía de la creación.

Y también me dice que somos Nosotros los que podemos cambiar esta historia. Y que no estamos solos. Él hace en nosotros y con nosotros, si le dejamos.

Cree en el poder de Dios, cree en ti, porque, si Él nos ha puesto aquí Hoy, es por alguna razón. NADA PASA POR CASUALIDAD.

MARCA LA DIFERENCIA Y HAZ ALGO HOY POR ESTE MUNDO.