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EXPERIENCIAS:

 

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Para mis Hermanas Trinitarias: les dedico este cuento como muestra de agradecimiento por tanto compartido, por todo lo que han sembrado en mí, y por el espacio que me dieron para sanar mis alas.

Hace algunos años una joven águila abandonó el nido y emprendió su vuelo hacia nuevos horizontes.

Voló convencida que sabía todo lo necesario para poder descubrir nuevos territorios, experimentar nuevas técnicas de vuelo, tener nuevos amigos, disfrutar de nueva comida: ya no sería la que su madre le buscaba, ahora sería cazada por ella misma. En fin, MUCHAS COSAS nuevas, TODO Sería DIFERENTE. Había sido buena alumna aprendiendo las técnicas de cacería de vuelo y demás cosas que sus padres le habían enseñado. Así que tenía un Futuro asegurado.

Durante su vuelo había logrado sortear algunas pequeñas adversidades que se le habían presentado, se sentía fuerte y poderosa, estaba segura que podría volar hasta la cumbre del risco más alto de ese bosque.

Ocupada en su descubrimiento, volando de arriba abajo, conociendo a otras águilas, buscando el riesgo en ocasiones; siempre con el fin de demostrar que era un Ave Adulta y libre, no tuvo tiempo de extrañar lo que había dejado atrás.

Y así, durante los primeros meses, cuando ya había llegado al límite, cuando ya había conocido y explorado el nuevo terreno, empezó a extrañar su nido. No dejaba de recordar el canto de su padre, el calor de las alas de su madre, las tardes de vuelo con sus hermanos… En fin empezó a extrañar mucho, pero MUCHO su lugar.

Entre eso y otras cosas, un día, por azares del destino, en un intento por volar hasta el risco más alto de ese bosque, cayó una fuerte tormenta que le rompió las alas al instante y cayó sin poderlo evitar sobre un madero que flotaba en aquel río del bosque. Y fue arrastrada nuestra joven águila por la corriente del río hacia un territorio extraño, un territorio que no conocía. Y no estaba en sus planes explorar o conocer otros lugares.

Cuando pudo llegar a la orilla del río intentó volar pero no pudo pensó que era porque sus alas estaban mojadas. Sintió hambre y quiso buscar alimento pero sin era muy difícil moverse; esperó y, una vez seco, volvió a intentarlo, pero no pudo por más intentos que hizo. Y así fue como se dio cuenta de que además de sus alas, también sus ilusiones estaban rotas. Lloró sin parar y hasta se arrepintió del día en que voló del nido.

Pasó la noche llorando y maldiciendo su mala suerte. A la mañana siguiente encontró un castor que conocía muy bien esas tierras. Después de escuchar su triste historia le dijo que fuera a ver a una ave que la podría ayudar. Esta ave era especialista en ayudar a otros animales del bosque que por una u otra razón se veían en este lugar sin saber a donde ir o que hacer solos y sin conocer a nadie. Se llamaba Avelina. Era especial, estaba envuelta de una luz muy peculiar: era como un ave celestial; era pequeña pero grande a la vez; parecía frágil pero era fuerte. Avelina le dijo a nuestra joven águila que Nada pasaba por casualidad. Y la envió a un lugar en donde sus hermanas podrían cuidarla durante algún tiempo hasta sanar su corazón, roto como sus alas y sus ilusiones.
 
Y así nuestra joven águila encontró en este lugar un nuevo Nido para vivir, para aprender y para seguir creciendo, donde aprendió cosas totalmente nuevas Comprendió que no es lo mismo ser adulta que ser madura, ser arriesgada que ser valiente, estar tranquilo que tener paz, ser vecino a ser prójimo, ser bendecida que tener Suerte.

Y cuando estaba lista volvió a abrir sus alas para emprender un nuevo vuelo y explorar nuevos territorios pero esta vez con sencillez, con prudencia, con calma y sobre todo con  mucho amor en su corazón.

Con cariño Dulce Rivera Aguirre.