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Vamos avanzando en el transcurso de estas semanas de Cuaresma camino hacia la Pascua. Este tiempo ha representado siempre un momento fuerte de conversión y penitencia como preparación para celebrar en todo su sentido la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Y precisamente en este caminar quiero dejarme acompañar durante un trecho del mismo, por un personaje muy especial de nuestra literatura:
D. Quijote de la Mancha
Este no deja de ser un encuntro imaginario, real solamente en cuanto que esta plasmado en esta página, pero he de decir que ha aportado una luz muy especial a mis pasos y un sorbo de agua fresca en mi propio camino, desde la compresión de su experiencia vital entendida en la distancia de los siglos sucedidos.
Vivió como nadie la "conversión", el cambio en su vida, y además un fuerte espíritu de penitencia sufriendo toda clase de desdichas por el amor de su Dulcinea.
No me olvido de que la vivencia de tan apasionados ideales, que invadieron su corazón le llevaron a enloquecer, pero lo que a mi me llama la atención es que dichos ideales por el hombre y la justicia encandilaron toda su existencia. Este es el modo a través del cual la Cuaresma nos ha de llevar hacia la Pascua: a hacer realidad el deseo de que nuestra vida se quede enganchada a la de Jesús Resucitado.
La historia de D. Quijote no acaba bien, pero en la nuestra el final es diferente. Merece la pena pararnos en ella atentos a lo que hoy mismo nos quiere decir. Cominza así:
Un buen día, el hidalgo Alonso Quijano se hizo nombrar caballero para dar cumplido fin a sus más altos ideales:
Derribar todo tipo de malandrines y deshacer entuertos…, constituyéndose así en defensor de los más débiles en esos mundos inhóspitos de la España del siglo XVII.
Pero sucedió que sus aventuras se trasformaron rápidamente en arriesgadas desventuras; ansiaba emular las proezas de los más legendarios héroes de caballería, que incansablemente había leído en los libros. Y en lugar de hacer realidad la ficción relatada en dichos libros, tan solo logró ser víctima expoliada de continuas burlas, agravios y apaleamientos. Sin embargo nunca lograron doblegarle en su persistente afán, fiel a la causa que había conquistado su existencia.
Había dejado su casa por vencer las sombras del mal que atentaban contra el bien de la humanidad. Al mismo tiempo que estaba convencido de que esta victoria le haría merecedor de la mayor de todas las honras: el amor de Dulcinea.
Estaba dispuesto a sufrirlo todo por el amor y la justicia: el primero, motor de su entrega en el combate y el segundo, vehículo que impulsaba dicho motor llevando su vida por todo tipo de caminos.
Es una verdadera lástima, que al final nuestro “héroe” cae física y moralmente, es derrotado en una encerron preparadoa por un amigo para convencerle de su regreso. Así gravemente herido en su corazón se vio obligado a volver a casa como Alonso Quijano que se llamaba. Él, que tiempo atrás había salido de ella convertido en el ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha.
Su corazón había quedado sin fuerza para seguir latiendo: habían destruido su su sueño de justicia y también la esperanza del merecido amor de Dulcinea. Ya nada le quedaba por lo que luchar y tan solo morir podía ansiar, dando de este modo fin a sus días de caballero andante sobre nuestra tierra.

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¡Amigo Don Quijote!
Tu historia sigue viva más allá de los siglos. En nuestro tiempo al igual que el tuyo, la riqueza y la pobreza coexisten en un mismo mundo, o en una misma sociedad, igual que el bienestar sumo con la ingente miseria de las clases sociales más bajas. Y en muchas ocasiones nos falta una razón profunda por la que entregarnos en nuestros trabajos, una causa válida y eficaz que despierte la dinamicidad de nuestro existir.
En tus altos ideales no dejaban de estar presentes la integridad y el bien de la persona, aunque tus actos resultaron un tanto desenfocados, fuiste un hombre creyente y aunque a ti tus errores y locuras te costaron bien caras, todos en nuestra vida cometemos fallos e imprudencias.
Mira que confundir molinos con gigantes… ¡ya te vale!, pero necesitamos, sin llegar a tanto ¡claro está! que nos enseñes a ir más allá de lo que ven nuestros ojos, porque seguro que con el paso de los siglos tú ya has aprendido la lección.

- Por supuesto amiga, aunque del todo no sé yo… dices bien en considerarme un hombre de fe pues así soy en verdad.
Me empeñé en desmotar entuertos desorbitadamente y en lograr -en un sin vivir constante- conquistar a mi inexistente Dulcinea; mientras hay Alguien realmente bueno, Dios, que se ocupa de todos. Nosotros solamente tenemos que dejar que nos hable al corazón y al escucharle descubriremos en nuestro interior los más auténticos ideales. ¡Qué bruto fui al actuar a mi manera!
O sea que estos ideales no los creamos sino que están dentro de nosotros mismos.
Así es. Yo luché por conseguirlos a la fuerza, desde mi empeño…y de esta forma nada sale bien.
¿Sabes dónde está la victoria…?
En el descubrimiento del verdadero amor, único móvil real que conduce a un cambio positivo de la persona, sin llegar a la locura como me sucedió a mí y otros muchos en la historia y que ahora no vamos a recordar.

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