Por las noches, cuando me acuesto, me gusta leer en la cama y sumergirme en un buen libro, hasta que al final siento que me voy quedando dormida, y apago la luz de mi habitación. La lectura me evoca pasajes interesantes donde siempre descubro algo relacionado conmigo misma: mis ideas, sentimientos, pasiones, sueños ... Me sucedió hace poco que, la historia de una joven de mi edad, me llevó a evocar el lugar donde nací, donde di mis primeros pasos, y donde fui moldeando mis propias convicciones.
De repente comencé a soñar reviviendo aquellos años de mi vida; infancia, adolescencia y el inicio de mi juventud.
Mi tierra fue siempre para mí, morada de esperanza que tenía su metáfora en el campo; pues en el invierno parecía desnudo y vacío, mientras la semilla enterrada en el otoño estaba oculta en su interior. Y en la primavera, la vida del grano sembrado brotaba al exterior, año tras año cubriendo de verde la campiña, que después en el verano, se vestía de dorado con la espiga preparándose ya para la cosecha.
Fuí siempre una persona que guardaba dentro de si muchos interrogantes e inquietudes y, con cierta impaciencia, esperaba y confiaba en el momento en que los pudiera dar respuesta y así obtener mi fruto, como tantas veces había visto al labrador recoger el suyo en sus extensos campos de cereales.
¿Qué hubiera sido de mi vida sin esta tierra donde nací? ¡Hay tantos rincones que siguen siendo mágicos para mí! El paraje de la fuente, de la ermita, la torre de la Iglesia, que es lo primero que se divisa al aproximarnos al pueblo, con el particular repique de sus campanas en los días de fiesta...
En mi sueño apareció, con gran viveza, gente muy entrañable que hacia tiempo que no veía: rostros imborrables, amistades inolvidables, momentos de encuentro, de compartir y disfrutar, de pasarlo bien... además pude llegar incluso a percibir olores y sabores indescriptibles que despertaban mis sentidos. Todo en su conjunto componía una melodía maravillosa que llenó mi corazón de gran alegría.
Pero a pesar de lo que todo significaba para mí, recuerdo que deseaba descubrir otros horizontes, traspasar la puerta que me abriera paso hacia un lugar nuevo, distinto, donde también pudiera alcanzar felicidad. Pues sentía que allí todo lo tenía visto, conocía a todo el mundo y todos me conocían; por las calles siempre nos saludábamos, y si necesitabas que alguien te echara una mano, no tardabas en encontrar a alguien que te ayudara. Pero estaba decidida a marchar para realizar mis ideales. Aunque siempre he querido mucho a mi tierra, sentía que otros horizontes me esperaban.
Durante un tiempo viví presa de la nostalgia del pasado, pero después me di cuenta de que debía afrontar el reto de lo desconocido con mis propias ilusiones y anhelos, pues esto era lo que me había sacado de mi hogar. Y así lo hice. Ahora, al revivir todos estos recuerdos en mi sueño, compruebo que han desaparecido las distancias en el tiempo y en el espacio, con respecto al lugar que yo consideraba mi tierra; pues ya solo siento y conozco “una sola tierra: la que habito”. Y también llevo en mi corazón, porque es mi tierra, aquella sobre la que camino cada día junto al que va a mi lado.
Todos somos una sola carne. Formamos una única humanidad desde nuestra identidad personal. Jesus dejó el hogar del Padre, y siendo hmbre, como nosotros, se hace de nuestra tierra para traernos el regalo más preciado que nos podía ofrecer: el Espíritu. El Amor existente entre ambos, Padre e Hijo, nos hace partícipes de su misma felicidad, prolongando su presencia entre nosotros más allá del tiempo que vivimos, y del espacio que habitamos. ¿Quieres descubrirlo?
Mira a tu alrededor: Al contemplar un rostro triste o cansado, con tu cercania y palabra de aliento, propiciarás un pequeño cambio en él y verás este Amor vivo en tu interior. Con ello te invito a descubrir que nuestra tierra es única para todos, porque nuestra verdadera tierra es aquella que nuestros pies pisan y en la que vamos haciendo camino los de aquí y los de más allá, del otro lado del océano también.
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