Abro la ventana de mi habitación y siento una agradable brisa que me refresca. Ha anochecido hace algunas horas y las luces de la ciudad acallan la oscuridad de la noche.
Miro hacia arriba y me quedo fijamente contemplando el encanto y la magia de la luna, cómplice de mis secretos; amiga incondicional de todo aquel que se deja cautivar de su presencia serena.
Me quedo sobrecogida por el silencio e inmediatamente me veo como inmersa en un sueño en el que puedo sentir, la luna y las infinitas estrellas que la acompañan con su brillo, como el más hermoso de los regalos que puedo tener conmigo, a pesar de su distancia. Toda mi persona vibra en libertad junto a ellas, sintiéndome una diminuta parte del universo.
Puedo ver reflejado en la Vía Láctea del firmamento, el sendero marcado por los astros, nuestro propio camino, porque cada estrella es cada hombre y mujer que camina con nosotros. Y su Luz se enciende, cuando sentimos la alegría de vivir en conexión con todo el universo.
Nos cuesta comprenderlo. Pero todo representa una única creación, un único Creador, un único hombre.
Alza la vista para mirar hacia arriba. Algo te puede cautivar y entonces verás, cómo es posible:
Sentirte libre, sentir la alegría de vivir incluso en medio de la noche, que se encuentra con la suave luz de la luna y las estrellas.

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