Andrea tiene siete años y casi todas las tardes, en invierno y en verano, a no ser que esté lloviendo, sale con su abuela Gloria al parque para divertirse con los otros niños.
La pequeña, en cuanto llega, se va rápidamente donde están sus amigos. A todos ellos les encanta subirse a los columpios, deslizarse por el tobogán, y después ir corriendo hacia distintas “atracciones” por donde los niños suben para poner a prueban su habilidad en la escalada, repitiéndolo una y otra vez, sin cansarse.
Andrea tan solo se detiene para comer el bocadillo, que trae preparado de casa guardado en su pequeña mochila. Gloria la contempla feliz, jugando con los demás. Es como si fuera su madre, porque su hija siempre está fuera, recorriendo otras ciudades, otros mundos, alejada de los suyos. En la casa, nunca se habla de su oficio, ni de su paradero, ni tan siquiera de su existencia.
El abuelo ya murió hace algunos años, pero allí también viven otras dos hijas, hermanas de la madre de Andrea: Ángeles y Marisa, de veintitrés y veinte años, respectivamente. Las dos jóvenes pasan mucho tiempo fuera del hogar, trabajando y divirtiéndose, buscan su propia independencia económica, pero aún no lo han conseguido; y aunque quieren mucho a la niña, se ocupan poco de ella.
La abuela no se siente preparada para educar a la menor y le gustaría contar más con el apoyo de sus hijas y a veces discute con ambas por ello, incluso en presencia de la menor, pues siente que su realidad la desborda, llegándole el agua hasta el cuello y sin una tabla salva-vidas donde agarrarse.
La pequeña ve que su familia no es como la de otros niños. Cuando sale de casa son muchos los problemas que quedan allí encerrados, pero Andrea en el parque con sus amigos se divierte por encima de cualquier límite, aún no logran alcanzarlas las preocupaciones del resto de la familia:
En el columpio, al cerrar los ojos siente que vuela tocando con sus piernas las nubes; por el tobogán se lanza como un cohete por el espacio; y en lo más alto de la atracción después de haber realizado la “peligrosa subida” mira hacia arriba, imaginándose que se encuentra en la cumbre más elevada de una montaña...
Andrea es una niña con mucha capacidad para divertirse y le encanta jugar sobre todo en el parque con sus amigos, pero también en el patio de su colegio o en cualquier otro lugar. En definitiva, para ella jugar es vivir, en medio de las desafortunadas circunstancias que la rodea.
Pero para nosotros...
... ¿ No podría ser esta imagen de Andrea disfrutando al máximo de la amistad y el juego, una profecía de felicidad, que nos impulsara a buscar, alimentar y realizar nuestro propio deseo de ser felices en medio de nuestro vivir diario?

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