
Clamor de Africa
África sigue clamando con fuertes gritos de auxilio; clama a un mundo desarrollado que está perdiendo la virtud de ESCUCHAR. Con frecuencia y por temporadas de forma casi habitual, los medios de comunicación nos dan a conocer la llegada a nuestras costas de “seudo-embarcaciones” (pateras y cayucos) llenas de inmigrantes africanos. Se lanzan a una apuesta mortal en la que se invierte todo, las posesiones y hasta la propia vida, por alcanzar una nueva tierra, que en sus sueños aparece repleta de todo y para todos.
En una arriesgada aventura por alcanzar su meta, tienen que hacer frente a tres incondicionales enemigos: el mar, que con su furia embravecida les puede llevar a la muerte como punto final de su viaje; los vigilantes y las autoridades costeras, que si los localizan les conducen a su repatriación, y en el mejor de los casos también han de enfrentarse a la misma sociedad de destino, que teme al recién llegado, por sus diferencias y subjetivas amenazas.
Pero ellos en silencio claman y esperan respuesta: ¿Qué han hecho los países desarrollados con nuestras riquezas? ¿Quién se lleva nuestro petróleo, nuestros cultivos, nuestro oro, nuestro pescado...? Y tienen derecho a gritar, y a pedir cuentas, pues ellos, aunque no nos guste, son los explotados. Tienen derecho a rebelarse y a reivindicar reconocimiento de su dignidad; tienen derecho por toda la expoliación sufrida. Pero muchos no lo saben; y tan sólo quieren derecho a estar, a ser quienes son, a trabajar, a vivir y a luchar, como hombres y mujeres, nada más. Pero tan solo les dejamos vivir como extraños o forasteros, en una tierra ajena, donde sus derechos son los últimos.
En repetidas ocasiones hemos visto la dificultad para atracar de los barcos que han recogido en alta mar a tantos náufragos inmigrantes. ¿Son acaso seres humanos de segunda categoría para que tengan que permanecer a la deriva sin un puerto donde desembarcar? Sí, hay unas leyes, que debieran estar al servicio del hombre, y no al revés ¿Dónde queda la dignidad de estas personas en tales condiciones de vida?... Lo han perdido todo, su desarraigo es total.
Cuando escuchamos este tipo de noticias nos duele esta realidad, igual que si algo se nos clavara por dentro, e incluso podemos sentir en algún momento cierto vértigo al contemplar desde la altura de nuestro status de bienestar su situación, pero nada más. Tan metidos en nuestro propio ritmo de vida en seguida se nos pasa semejante dolor.
No culpo a las conciencias porque sólo cada uno puede enfrentarse a las preguntas y respuestas que provocan la injusticia ¿qué hemos hecho personalmente para vivir como vivimos y acelerar las diferencias?. A mí me gustaría dejar que esta realidad tocara nuestros corazes.
Paseamos por la calle, acudimos a tradicionales mercadillos y nos encontramos a innumerables tránsfugas de su necesidad de vivir y no solo de subsistir. Miramos de reojo pues su mirada nos asusta, y en el fondo intuímos que les robamos algunos derechos. Ahí están, vendiendo sus películas o CDs piratas, o pulseras y demás complementos de nuestro vestir. Podemos pararnos a mirar aquello que nos interesa y regatear con ellos algo de lo que nos gustaría comprar pero nada más. Siguen siendo extraños y unos desconocidos. Desconocemos su país de procedencia, sus costumbres, sus razones, sus sueños Porque nada de eso entra en nuestro personal horizonte.
No podemos vivir cerrados en nuestro propio círculo y nuestra mirada tiene que ser mucho más amplia. Estamos en un mundo global, en un único espacio para todos; estamos destinados a compartir. Son nuestros hermanos y es una enorme riqueza la que traen. Muchos tienen buena preparación y también experiencia; y sobre todo tienen VIDA que clama por si alguien quiere escuchar.
Algunos empiezan ya a reconocer que los inmigrantes son una importante fuente de riqueza para nuestro futuro, pero otros muchos quizás tardemos en verlo. El trabajo en el campo reclama mano de obra a bajo precio, la ciudad pide personal de servicio en las casas para limpiar, cocinar y cuidar de sus ancianos y niños, también a bajo coste. ¡Cuántos son los que se benefician de esta situación! ¡Y cuántos los que se aprovechan injustamente! Ojalá puedan abrirse cada vez más canales de comunicación entre los gobiernos y entre los ciudadanos y los inmigrantes puedan ser vistos no solamente como trabajadores a destajo, sino como personas inocentes que están sufriendo en su propia piel las consecuencias de un mundo injusto en el que habiendo recursos para todos están desigualmente repartidos. Un veinte por ciento de la población está consumiendo lo que le correspondería a un ochenta por ciento de la misma.
Muchos de los países de donde proceden fueron antiguas colonias de Francia, Bélgica, Gran Bretaña, España... Las condiciones en las que quedaron como resultado final de su colonialismo fueron bastante lamentables: en muchos casos no hicieron sino despertar el ansia de poder de gobernadores corruptos, dictadores y peligrosos grupos revolucionarios, sembrando continuas guerras y conflictos internos, con auténticos genocidios entre razas. Recuerdo ahora Ruanda, Sierra Leona... Los organismos internacionales tardan siempre mucho en reaccionar.
La muerte de estas grandes masas de hombres, mujeres y niños han dejado instalada a la población en un auténtico estancamiento de odio y rencor que ha dado lugar a que el valor de la vida y de una convivencia serena haya perdido gran parte de su consistencia. Muchos niños no pueden ir a la escuela: sus padres fallecieron y tienen que trabaja; otros acabaron en orfanatos
Y no hemos hablado del cambio climático que provoca tantas catástrofes naturales; y ahí está además terribles enfermedades en progresión como el SIDA y otras que no tienen tratamientos en estos países porque económicamente no renta invertir en esto. ¿Y qué pasa con los niños, fuente de regeneración de la población? ¡CLAMOR!