"La trinitaria, llena de celo, debe buscar a la joven donde quiera que se encuentre. Vayamos a la cárcel, donde se rehabilitan de sus desdichas" (Mariana Allsopp)

La cárcel es un lugar complejo, donde acaban siendo condenadas personas víctimas de sus extravíos y víctimas de situaciones marginales. Pero también encontramos jóvenes víctimas de las injusticias sociales que entre todos provocamos y sostenemos. 

 
 

Nuestra presencia en las cárceles es humilde y sencilla, y quiere ser sobre todo un signo de la infinita misericordia del Dios de la Libertad y de la Vida que nunca abandona a quienes más lo necesitan. La confianza sin límites en las posibilidades de la juventud nos lleva a no desistir nunca en el empeño por devolver a cualquier persona la dignidad que ha perdido o que le ha sido arrebatada.

 

Nuestra Misión en la cárcel la impulsaron los fundadores para llevar a cabo el carisma redentor que habían recibido del Espíritu. En aquellos tiempos provocaba escándalo el que unas mujeres sin más armas que el Evangelio de Jesús, "la confianza en la rehabilitación de cualquier ser humano y el amor incondicional por los más necesitados", acudieran a lugares que eran considerados de perdición. La defensa de los derechos humanos, en una sociedad en la que se tachaba de irrecuperable cualquier conducta públicamente inmoral, sólo podía proceder de la pasión de Dios infundida en los corazones de los que le siguen sin reservas.

 
 

 

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"Venid, benditos de mi Padre, porque estuve preso y me visitasteis".

Estas palabras de Jesús calaron hondo en el corazón de Francisco y de Mariana y, después de sentirlas ellos como imperativo de la Misión que el mismo Dios les confiaba, nos las dejaron como rico patrimonio a todas las trinitarias que reciban el mismo carisma liberador.

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