Francisco Méndez Casariego y Mariana Allsopp Manrique, él madrileño y ella mexicana, con los fundadores de las Hermanas Trinitarias. Convocados en la historia por el Espíritu de Jesús, unieron su pasión por Dios Trinidad para que se realizara su plan de Salvación en el mundo de la juventud.
Sus vidas transcurrieron independientes pero orientadas, sin ellos saberlo, a un mismo fin: la fundación de un Instituto religioso dedicado a la juventud y que manifestara al mundo la misericordia de Dios y su deseo de que todos conozcan la Redención de Jesucristo. Esta Redención es perdón, liberación de toda esclavitud, Buena Noticia para todos los que ansían la verdadera libertad. Es, en definitiva, un camino de auténtica realización personal para la juventud que busca siempre un futuro feliz.
Cuando los fundadores releen el camino de sus vidas ven que cada suceso era paso decisivo de un largo itinerario evangélico. Coinciden varias veces en las escuelas dominicales que el padre Méndez dirigía. Él participa como sacerdote totalmente entregado a la evangelización y Mariana como cristiana deseosa de dar lo mejor de sí y entregarse radicalmente al Reino de Dios.
El trato entre ambos se acrecienta y los dos quedan impresionados por el intenso celo que cada uno veía en el otro. Fue determinante el momento en que Mariana se confiesa con el padre Méndez y le cuenta la gran inquietud que siente en su alma: desea en su vida algo que no existe, y no encuentra paz porque no puede cesar en su búsqueda. Siente en su interior que tiene que encontrar lo que su alma ansía.