Mariana Allsopp González Manrique nace el 24 de noviembre de 1854, en Tepic, México. Su infancia transcurrió feliz y sin preocupaciones hasta los ocho años, en que muere su madre. Poco después Mariana tiene que dejar México y venir a España para ser educada por su familia materna. En España recibe una educación esmerada, vive en un ambiente alegre y donde los valores familiares se cultivan muy especialmente. Pero Mariana reconoce a partir de la muerte de su madre una ausencia que ya no la llenará nada más que Dios y María, la madre del Señor, a quien le pide, al quedarse sin su madre, que Ella sea quien la guíe y oriente en su camino.
A los 19 años Mariana es una joven de gran atractivo, se divierte con la gente de su edad y de su nivel social, pero siente en su interior una inclinación muy especial hacia la vida evangélica. Lee y medita obras de piedad, se preocupa por cultivarse espiritualmente y se hace presente en el mundo de los pobres y marginados, por los que cada vez se siente más seducida. Participa activamente en grupos cristianos comprometidos. A los 21 años se siente profundamente seducida por Jesucristo, a quien reconoce único amor que merece toda su persona y su vida. Se afianza en su fe y confía cada día más en Dios, pero no ve claro el rumbo de su vida.
"Me encontraba como aquel que busca un tesoro y sin cesar pretende hallarlo. Entonces me confesé con el padre Méndez y le comuniqué la causa de mi turbación: deseaba ser religiosa, pero no encontraba nada que respondiera a mis deseos más hondos, pues me parecía que buscaba algo que no existía. Él me comunicó lo que el Señor le inspiraba hacía tiempo. Conforme me hablaba se iba descorriendo un velo ante mis ojos y mi corazón palpitaba de consuelo. Comprendí perfectamente lo que el Señor quería de mí desde aquel afortunado momento. Y sin dudar le respondí: Yo tomaré parte en esa fundación"
"Dios la sacó de su tierra para que, con una sola palabra, prendiera en ella el fuego de la Nueva Fundación" (Francisco)
En 1882 su familia se traslada cerca de la Iglesia de la Encarnación, donde el padre Méndez es Párroco. También le conoce a través de las escuelas dominicales, donde se acoge y enseña a jóvenes trabajadoras que quieren promocionarse. Mariana desea clarificar su vocación y le pide a Dios una señal. Cuando decide confiarse al padre Méndez y pedirle consejo, él le comunica la revelación que ha recibido del Señor. Mariana, profundamente identificada con aquella iluminación, comprende que Dios la está pidiendo que funde una nueva familia religiosa para realizar su plan de salvación entre la juventud necesitada.
"LO DEJO TODO POR AQUEL QUE AMO MÁS QUE TODO"
El atractivo de Mariana era centro de la mirada de muchos jóvenes que deseaban alcanzar la atención de tan admirable joven. Mariana era alta, atractiva y elegante, de ojos profundos y tierna sonrisa. Su simpatía y temperamento equilibrado la hacen ser muy personal. Pero lo que hace de Mariana una joven admirable es su profunda espiritualidad y dedicación a los más necesitados.
Mariana, seducida por Jesús de Nazaret, lo siente vivo entre nosotros. Para ella la Eucaristía es la mejor prueba de su Amor y de su presencia eterna. En ella contempla su amor incondicional que se hace accesible a todos, para que nadie quede privado de las delicias de la Vida. Hizo de su vida un puente entre Dios y la juventud, y se empeñaba porque pudieran pasar por este puente tantos jóvenes insaciables que no acertaban con el camino para lograr la libertad y felicidad que ansiaban. Dedicó toda su vida a la juventud, pues ésta era la obra que Dios le había encargado. Esta obra crecía, no sin dificultades, ante las que Mariana alentaba a las trinitarias convencida de que como toda obra de Dios, encontraría persecución, pero su destino tenía que ser próspero, pues el mismo Dios la guiaba. Los que la conocieron dicen que transmitía paz y profundidad, bondad y confianza, fuerza interior y esperanza. Y Dios la premió por su fidelidad.
"¡Oh Jesús de mi corazón! Abrimos una casa y nuestro corazón, como tú querías, para acoger a tantas criaturas tuyas que necesitaban un hogar para protegerse. ¡Quién iba a imaginar que el proyecto que nos confiaste, comenzado con tantas dificultades aunque con el alma llena de gozo, iba a extenderse tanto! Tú has cuidado de tu casa con prodigio tras prodigio, y cada día, de nuestro corazón brota una alabanza: ¡Qué bueno eres, Dios, con nosotras!".
Mariana tenía mucho que dejar: una gran familia, situación cómoda y próspera, vida social atrayente. Pero en su interior siente que las riquezas de este mundo no la satisfacen, y quiere llenar su vida con algo más. Por la mente de Mariana acontece una fuerte lucha interior: siente con paz y gozo la llamada a seguir las huellas de Cristo, darle su vida entera, y está decidida a emprender el camino que Dios le indique, pero nada de lo que veía la dejaba satisfecha. Buscaba algo que aún no existía.
El día 18 de marzo de 1888 pronuncia sus primeros votos, que significaban el Sí público al Señor, un Sí que Mariana había ya pronunciado en su corazón aquel 10 de enero de 1884 cuando al oír la inspiración de Dios por boca del padre Méndez, dijo: "Yo tomaré parte en esa fundación". Ahora es un testimonio que contagia, haciendo comprender las maravillas que Dios hace en los que se ponen en sus manos y lo dejan todo por Él. Su hermana Concepción, siempre unida a los ideales de Mariana, entró en la Congregación apoyando con su vida entera los proyectos que Dios iba inspirando a la fundadora.
Conforme la obra se iba agrandando con nuevas fundaciones, se iban modernizando sus instalaciones con el fin de ofrecer una formación actual que capacitara a las jóvenes para los nuevos tiempos que se sucedían. Mariana tenía que asumir más intensamente el papel de "maestra" espiritual, atendiendo con inmensa cercanía y profunda sabiduría a las hermanas y jóvenes que aumentaban de día en día y a quienes acompañaba y dirigía personalmente con sabios consejos y escritos. Su puerta siempre estaba abierta para todos, y acogía con especial ternura, consolando y transmitiendo sobre todo esperanza. Cuando el padre Méndez fundó el Asilo de Porta Coeli para los "golfillos", como les decían cariñosamente a los chicos que aquí se acogían, madre Mariana y las demás hermanas trinitarias estuvieron con él para sacar la obra adelante.
A la muerte del padre Méndez, la dirección de la fundación para las jóvenes y la fundación para los golfillos, es asumida enteramente por la fundadora. Su fortaleza y su confianza, así como su entrega incondicional y especial ternura, no decayeron, más bien se fortalecían con el paso de los años. Cuando cayó enferma, a causa de una bronconeumonía, las hermanas estaban preocupadas y apenadas pues temían que fuera el final. Ella las alentaba: "Dios me dará la fuerza que necesito. Continuaré amándole en los hermanos hasta desgastarme del todo por Él". Antes de morir, el día 15 de marzo de 1933, se despidió de las hermanas con estas palabras:
"Mi testamento, hijas, es la obra de Dios que un día puso en mis manos para trasmitirla y extenderla. Vosotras sabréis cómo continuarla".
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