"De la misma manera que hasta el día 30 de septiembre de 1868 no pensé en ser sacerdote sino ingeniero, y en aquel día, de repente, al ver que un amigo mío que quería ser sacerdote se acobardó y me dijo que ya no lo iba a ser, sino que estudiaría para médico, sin saber por qué, sentí en mi corazón una voz y una decisión especial. Y dejando las matemáticas, la física, la mecánica y los otros estudios, empecé la carrera sacerdotal".
Francisco Méndez Casariego nace en Madrid el día 21 de junio de 1850 en el seno de una familia cristiana. Su padre era Pintor de cámara y académico de Bellas Artes de san Fernando. De niño destaca por su fina sensibilidad y su apertura a los demás, por sus cualidades prácticas, habilidad manual y gusto por la mecánica; pero lo más sorprendente era su profunda vivencia religiosa y su emotividad con los más pobres.
Le gustaba pasarse por la Iglesia después de clase, y lo mismo cambiaba sus zapatos nuevos por los viejos de un niño mendigo, que guardaba su merienda para dársela a niños que conocía de la calle. Su familia dedicó gran empeño a su educación, tanto humana y espiritual como académica.
Tuvo inquietudes misioneras muy pronto, y perteneció a un grupo de jóvenes cristianos que se llamaban congregantes marianos. Sus padres soñaban con un futuro brillante para su hijo, así como para sus dos hermanas, Soledad, que más adelante será religiosa, y Carmen, a quien llamaban "Merceditas y que murió muy pronto.
Pero Dios cambia el rumbo de su vida. A los 18 años abandona la prometedora carrera de ingeniero para seguir de cerca las huellas de Jesús.
Después de ser ordenado sacerdote, fue nombrado coadjutor, y luego párroco de la iglesia de la Encarnación; más adelante será nombrado canónigo. Compaginará sus obligaciones en el primer templo diocesano con su ministerio pastoral entre los más abatidos y necesitados. Francisco no se queda en el mundo de la nobleza, que le reclama, sino que renuncia a todo poder y baja al mundo de los pobres y humillados, en los suburbios y callejas de Madrid."Dios se fijó en él; vio su compasión, su ternura con los más pequeños, sus desvelos porque conozcan la misericordia y el amor del Padre. Y Dios lo llamó, lo sacó de su prometedora vida social y le habló de su pasión por los más débiles, de sus sueños maravillosos con los que aquí tanto están sufriendo, de su entrega permanente e incondicional por todos los que aún sin saberlo le buscan.
Dios lo envió, le propuso un plan, le habló de cuánto deseaba que se cumpliera su sueño de un Hogar Abierto Sin Condiciones. Lo envió con los pequeños, con los que no saben de la preferencia que Dios les tiene, con los que no esperan nada de nadie porque sólo reciben facturas, desprecios, falsas promesas y ninguna esperanza. Y Francisco respondió: Aquí me tienes, Señor, para hacer tu voluntad. Dime, ¿qué quieres que yo haga? Mándame y pídeme. Cuenta conmigo mi Dios, pues tus sueños son los míos"
Sigue a Cristo, su Maestro, y le sale espontáneamente el aliento, la alegría, la pasión y el celo infatigable del Hijo de Dios: Se pasa largas horas a solas con el Padre, no tiene nada propio, todo lo espera de Él, todo lo que emprende lo pone en sus manos, y sabe que si es obra de Dios nada hay que temer.
Cura párroco, en un puesto parroquial codiciado por muchos, sus padres sufrían por la entrega incondicional de su hijo, y a veces intentaban disuadirlo para que moderara su dedicación, pues siempre que surgía una necesidad él corría a atenderla y remediarla sin importarle su salud.
Acudían a él con mucha frecuencia toda clase de gentes. Él se daba a los últimos tanto en su ámbito pastoral como en sus salidas constantes por la periferia de su parroquia, a la calle, a los hospitales y cárceles. Su ministerio y vida sacerdotal estaban marcados por una constante pasión: Pasión por Dios y pasión por los últimos, los más pequeños y pobres.
El amor incondicional que sentía por "los Últimos", que para él eran siempre los primeros en el Reino y en su corazón, le llevó a iniciar, en el año 1915, una obra de redención semejante a la de las Hermanas Trinitarias, esta vez en favor de los niños abandonados y explotados de la ciudad. Para ellos abrió un hogar que con razón llamó "Porta Coeli", una puerta que, al igual que los hogares trinitarios, siempre estaría abierta, como la del cielo. Allí, en la última alcoba de este hogar, junto a los "últimos", pasó de este mundo al Padre. Fue el día uno de abril de 1924.
Como Jesús, sin excluir a nadie, sentía una opción preferencial por los más necesitados y abatidos. Dios le mostró su rostro en las jóvenes humilladas y en los golfillos que pululaban por las calles de Madrid, saliéndoles al encuentro como el Buen Pastor para mostrarles el Evangelio de Jesús y anunciarles la Buena noticia de que están llamados a entrar en el Reino de la Bienaventuranza, en la Libertad de los hijos de Dios.Toda su vida la dedicó a anunciar con obras y palabras, la Buena Noticia de Jesús: la Felicidad y la Libertad para sus hijos los más pequeños. Sus últimas palabras fueron para "los golfillos", a quienes quería con toda el alma y le acompañaron hasta el último instante de su vida.Este es el testamento que deja a sus hijas trinitarias:
"No pidáis nunca nada, sino cumplir en todo la voluntad de Dios. Si alguien os ofende, perdonadle sin demora".