ESPERAR

TRES

DÍAS

 

Experiencia

La Vendedora de flores sonreía; su arrugado rostro resplandecía de gozo. Por impulso, tomé una de sus flores.

- Se ve usted muy feliz esta mañana - le dije.

-¡ Claro! -exclamó-. Sobran los motivos.

Aquella mujer vestía tan pobremente y se veía tan frágil, que su actitud me intrigó.

-Sobrelleva sus problemas admirablemente -la elogié.

Ella me explicó entonces:

-Cuando crucificaron a Cristo, el Viernes Santo, fue el día más triste de la historia. Y tres días después, Él resucitó. Por eso yo he aprendido a esperar tres días siempre que algo me aflige. Las cosas siempre se arreglan de una u otra manera en ese tiempo.

Seguía sonriendo al despedirse de mí. Sus palabras me vienen a la mente cada vez que estoy en dificultades: " Hay que esperar tres días". (Patt Barnes)

 

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PENSAMIENTOS

Hoy queremos compartir la sencillez, lo pequeño, lo cotidiano, lo intimo. Es precisamente en lo humilde donde podemos encontrarnos con la VIDA. Él nos comprende en nuestra Humanidad, nos da una invitación para encontrar el significado de la Felicidad, posible siempre en la vida de cada día, y que no es otra que abrir nuestro corazón a lo nuevo, presente en lo escondido de un corazón entrañable. Hay luchas por la vida que siempre renacen, hay nuevas solidaridades que crecen y perduran en el tiempo. La fidelidad lo sostiene y lo encuentra, y lo celebra. Es lo maravilloso en lo pequeño. Es la vida nueva a la que renacemos con Cristo, que venció la muerte para darnos VIDA.

 

Sólo Dios es la Luz... Pero nosotros podemos ser su lámpara. ¡Aleluya!

TESTIMONIO. De la Memoria

Dentro del ajetreo ese tesoro está escondido y a la vez tiene un dinamismo transformante. Si el corazón funciona podrá cuidar del tesoro en su pequeñez, en su dinamismo y en sus grandes anuncios.

Soy cura. Uno de los servicios ordinarios que presto a mi pueblo es la homilia de cada domingo. Tenía que predicar sobre la resurrección. Yo estaba encerrado en mi habitación. Por más que pensaba no encontra la manera de predicar.

Había también dos hombres trabajando. Bajaban leña para el invierno, para quemar en mi estufa. Yo trataba de preparar mi homilía, pero no se me ocurria gran cosa. Dentro de mí sentía, a medias, que algo me molestaba. Después de un rato golpearon la puerta de la sala. Salí de mi pieza y fui a atender. Entreabrí apenas, porque afuera llovía y hacía frío.

Entreabrí apenas, también, porque no quería perder mucho tiempo: yo estaba ocupado con mí homilía. Los dos hombres habían terminado su trabajo. los ví mojados. Entonces abrí un poco más la puerta. Los ví con frío. Los hice pasar, para pagarles. Al entrar mojaron el piso de mi sala. La estufa estaba apagada. Les pedí que trajeran algo de leña para prenderla y secarse al fuego.

Mientras prendían el fuego me di cuenta que yo tenía alguna ropa seca que podía servirles. Me di cuenta también de una sopa que tenía en la heladera. La puse a calentar. Empezaron a tomar la sopa rápido. Pero cuando la iban terminando empezaron a reírse y a conversar. La tomaban más despacito, y la conversación se hizo más hilada.

El más joven, un muchacho de menos de veinte años, extrañaba a sus hermanitos y a sus padres. Hacía cuatro meses que no los veía. Había dejado su casa, porque la comida no alcazaba para todos, allá las cosas no no daban para más. Hablaba con tristeza, pero con ganas y cada tanto se reía. El más viejo tenía su esposa y sus tres hijos en la otra punta de montevideo. Hacía tres semanas que no volvía a su casa. Era sereno de una casa en construcción, y a la vez hacía changas con la leña.

"Yo también los extraño mucho, pero si no hago esto no comen". También se reía de vez en cuando.

Yo sentía algo lindo y algo doloroso. Por lo que estábamos compartiendo, por el fueguito, por el momentito de descanso. Era com sí esos queridos extrañados estuvieran un poco allí entre nosotros. Eso daba dolor y daba alegría al mismo tiempo. Me di cuenta que yo también extrañaba. Me acordé de otros compartires parecidos con gente de Berazategui, con los mapuches en la patagonia.

Me di cuenta que yo también me había ido lejos de mi casa, de mi tierra y sin embargo los podía sentir también un poco allí, entre nosotros. Me llamó la atención cómo al entrabrir la puerta, y al entreabrir el corazón, uno se va dando cuenta de cosas, y la puerta y el corazón se van abriendo más y uno se reencuentra.

Me llamó la atención también que la homilía, que antes, encerrado en mi habitación, no podía preparar, ahora se me había hecho sola dentro. Ahora sabía cómo explicar eso de que a partir de gestos muy sencillos, de compartir, seres queridos distantes se hacen presente.

El encontrarme con mis compañeros de fuego, me permitió también no solo reconocer vivo mi tesoro y el de ellos, sino también ampliar el horizonte de mi tierra. Y me dio una alternativa nueva a la que yo estaba viviendo solo, encerrado en mi habitación. ( Orlando Yorio).

 

PENSAMIENTOS