Hijitas mías, levantad vuestros ojos al cielo y mirad a Dios que en su inmensa grandeza os ha elegido para una misión tan grande ... Imaginaris un día en el campo viendo a vuestros pies un hormiguero, y que véis que una hormiguita os habla y os pede que la ayudéis a llevar a su granero el granito que ella no podía llevar o que la ayudarais para llevar a su nido a otra hormiguita que había sido pisada por el jardinero... ¿No os llenaríais de asombro y la atenderíais? Si así hacéis vosotras, que sois mucho menos con relación a Dios que la hormiga respecto a vosotras, ¿qué no hará Dios?
Pues bien, al ver la empresa para la que hemos sido elegidos y al ver nuestra pequeñez y nuestras pocas fuerzas y al ver las muchas caídas que hemos dado, levantémonos, llenémonos de confianza, y empecemos a trabajar con afán.
Pedid hijas mías y todas unidas en caridad perfecta, trabajemos por salvar almas, por santificarnos más y más para corresponder a la hermosísima vocación que de Dios hemos recibido.
(Carta XCIII)