Querida Hija: En ti pensaba y por ti daba gracias al Señor que lleno de misericordia no solo te quiso llamar, escogiéndote entre millares, sino que por una providencia especial te ha conservado en tu vocación.
Que desde hoy, posesionada y convencida de tu dicha, te dediques a vivir para Dios y dar gloria a la Trinidad Beatísima, que trabajes con valor, celo, diligencia y ardor para salvar a las jóvenes que el Padre creó, para buscar a las que el Hijo redimió, para purificar a las que el Espíritu Santo santificó.
Trabaja con fervor y constancia ten grandísimo cuidado en conservar y hacer que crezca la hermosa planta de tu vocación, cuyo grano o semilla el Señor puso en tu corazón. Que crezca y se propague, pues bien sabes que toda planta se multiplica, unas por la simiente que produce, otras por las ramas que se plantan, y otras por las raíces que extendiéndose debajo de la tierra vienen a brotar en lozanos tallos; así tú agradecida a Dios, y enamorada de tu vocación Trinitaria, procura que se extienda, que tus palabras sean granitos de semilla que cayendo en otros corazones, engendre en ellos esa misma vocación.
(Carta XV) |
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