Hija mía ten presente que a la religión has venido a dar gloria a Dios, a ser una de aquellas almas que habiéndola predestinado quiere que le agrade de continuo y poder repetir de continuo viéndola llena de fervor “Esta es mi hija muy amada en quien siempre hallo mis complacencias” .
Si, hija mía, el servir a Dios y servirle con la perfección este es su primer deber, su principal deber, su única obligación.
Pruebe, hija amadísima, a juntar el espíritu de fervor con el de trabajo y verá que “cuanto más fijo tiene en Dios, en el sagrario, su corazón tanto más trabajadora es y tanto mejor hace las cosas”.
( Carta XXXII) |