Vayamos hijas mías, a los pies de la Cruz de Jesucristo y viéndole allí clavado y pidiéndole al Padre que perdone a todos los que en esos momentos le están insultando, le están hiriendo y burlándose de Él.
Imitemos tan grande ejemplo y pidamos perdón a todos los que hayamos ofendido. Así mismo perdonar a todo el que nos han ofendido, en la seguridad, hija mía de que es dichoso el que tiene que perdonar, porque así se asegura su eterno perdón y a la hora final cuando se presente ante el Padre puede decir: Señor dame entrada en tu cielo, porque aunque pequé, como yo he perdonado, Tú también me tienes que perdonar pues así lo has dicho.
(Carta LXXVI)