Francisco de Asís Méndez Casariego, el “Padre de los pobres”, nació un 21 de Junio, en 1850, en el seno de una familia socialmente distinguida, rodeado de todos los honores y ventajas propios de la alta sociedad. Sabemos bien que las condiciones económicas, sociales y políticas suelen determinar el futuro de las personas. Pero Francisco es un ejemplo de que es posible superar cualquier circunstancia y encontrar en la propia vida la libertad de Dios, que truncan el determinismo y hace libres a quienes tienen la Gracia de saber a vivir de la fe. Hoy contemplamos su vida como un itinerario que le conduce hacia la plenitud en el amor, que alcanza su máxima expresión en la donación sin condiciones a los últimos de este mundo.
Se cuenta cómo ya desde niño manifestaba una profunda sensibilidad y sentimientos solidarios, realizando hazañas tan extrañas a su entorno como inocentes y candorosas. Llegó con un burro a su casa porque se lo encontró solo en la calle y le daba pena que durmiera a la intemperie, abandonado; Francisco vivía con su distinguida familia en un piso céntrico de Madrid. Otro día cambió sus nuevos y preciosos zapatos de charol por otros viejos de un niño pobre que se encontró al venir de la escuela. Siendo ya grande era a las muchachas y golfillos de la calle a quienes iba a llevar a su casa para devolverles la dignidad que la miseria y la injusticia les había robado. Esta especial sensibilidad no le apartaba de ser un niño muy normal, en inocencia, travesuras, juegos y sueños. Pero sus inclinaciones altruistas se van definiendo con llamativa decisión.
A los catorce años ingresa en “los Luises”, congregación Mariana fundada por el jesuita san Luís Gonzaga. Aquí comienza a desarrollar la alta calidad humana y los talentos espirituales con que Dios lo había agraciado. A los 20 años, como presidente de la congregación mariana, dirige unas elocuentes palabras a los demás jóvenes. Este discurso bien puede servir como mensaje nuclear para la juventud de todos los tiempos; pero de una forma explícita a jóvenes cristianos de hoy, quienes en tiempos difíciles, necesitan el aliento y ánimo de hombres y mujeres decididos a dar testimonio firme de su fe, esperanza y amor, públicamente, sin reparar en el qué dirán, y sin dejarse por el miedo propio de ir contracorriente. “Seamos un doble testimonio a Dios y a los hombres de que todavía arde la caridad en los pechos de los que empezamos a correr las sendas de la vida. Como cristianos tenemos la obligación de observar una conducta vivida del todo conforme a la religión del crucificado sin avergonzarnos de nuestra fe. En la vida social que nos vemos obligado a tener, debemos obrar de modo que al vernos todos puedan comprender lo que es Cristo”.
El camino que conduce a la Felicidad, para el Padre Méndez, es sólo uno: Jesucristo, y tiene un nombre universal, incuestionable. Este nombre es El Amor. Pero el Amor no es una palabra, sino una forma de vida: se trata de vivir en favor de los más desfavorecidos, hasta levantarlos de donde se les ha recluido y ponerlos a la altura de la dignidad de Jesús, que se identifica totalmente con los últimos de la sociedad.