Francisco y su Hermana  

|21 de Junio de 1850|

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CARTA AL PADRE MÉNDEZ

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EL 21 de junio de 1850 nacía en Madrid FRANCISCO MÉNDEZ CASARIEGO, sacerdote y fundador de Hermanas Trinitarias. Al hacer memoria de su nacimiento, queremos hacer memoria también de su vocación sacerdotal y santidad de vida.

      Su vocación al sacerdocio, nadie como él nos la describe en una carta de 1913. Éstas son sus palabras:

“De la misma suerte que hasta el día 30 de septiembre de 1868 no pensé en ser sacerdote sino ingeniero, y en aquel día –de repente- al ver que un amigo, que quería ser sacerdote se acobardó y me dijo que ya no lo iba a ser, sino que sería médico; sin saber por qué, sentí en mi corazón una voz especial. Y dejando las matemáticas, la física y la mecánica y los otros estudios, empecé la carrera sacerdotal”.

      La voz clara, inconfundible de Dios, traía consigo la decisión y la fuerza para llevarla a cabo. Nunca pasó por la mente del joven Francisco la más ligera duda acerca de este llamamiento, desbordante de luz y de seguridad. La claridad y fuerza de aquella vocación manifiesta el origen divino.

      Una vocación, al principio, es como una brasa pequeña, que cualquier soplo puede apagarla. Pero cuando crece, el viento fuerte del Espíritu la enciende más aún. Esto sucede en la vocación de Francisco, reconoce la soberanía de Dios sobre él al aceptar el cambio de ruta en su vida. Sabe que Dios se lo pide para ahora y para siempre. Le servirá como sacerdote durante toda su existencia, a El directamente y a El en los más necesitados. La consagración será total en todos los aspectos. No perdería la Iglesia ningún sacerdote. El lugar del amigo lo llenará Francisco, seducido por el Señor. La generosidad de Francisco refleja la belleza de su juventud.

EL FUEGO DEL APOSTOLADO

      El P. Méndez lucha por vivir la radicalidad del evangelio. A la par que su alma va descubriendo los inmensos tesoros de Cristo en los pobres, comienza a desvivirse por ellos, a ponerse en lugar de ellos para sacarlos de su miseria y pobreza. La experiencia en su ministerio sacerdotal con las situaciones marginales en que se encuentran las jóvenes, le lleva a fundar una institución que lleve a cabo, junto con él, la acogida, atención y formación de todas aquellas jóvenes que necesitan de un hogar y una mano amiga que las ayude y proteja. Dios le mostró su rostro en las jóvenes y golfillos que pululaban por las calles de Madrid, saliéndoles al encuentro como el Buen Pastor. Sale de noche y de día, con lluvia o nieve a buscar a los que se cobijan bajo un banco, envueltos en periódicos, los arropa bajo su manteo hasta llevarlos a una casa que sea para ellos su hogar familiar.

La fidelidad a la llamada de Dios marcó su vida y esa misma fidelidad le llevó a entregarse sin reserva fundando una OBRA que perpetuara su lema:

“UNA PUERTA

SIEMPRE

ABIERTA”

 
 
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Francisco de Asís Méndez Casariego, el “Padre de los pobres”, nació un 21 de Junio, en 1850, en el seno de una familia socialmente distinguida, rodeado de todos los honores y ventajas propios de la alta sociedad. Sabemos bien que las condiciones económicas, sociales y políticas suelen determinar el futuro de las personas. Pero Francisco es un ejemplo de que es posible superar cualquier circunstancia y encontrar en la propia vida la libertad de Dios, que truncan el determinismo y hace libres a quienes tienen la Gracia de saber a vivir de la fe. Hoy contemplamos su vida como un itinerario que le conduce hacia la plenitud en el amor, que alcanza su máxima expresión en la donación sin condiciones a los últimos de este mundo.

    Se cuenta cómo ya desde niño manifestaba una profunda sensibilidad y sentimientos solidarios, realizando hazañas tan extrañas a su entorno como inocentes y candorosas. Llegó con un burro a su casa porque se lo encontró solo en la calle y le daba pena que durmiera a la intemperie, abandonado; Francisco vivía con su distinguida familia en un piso céntrico de Madrid. Otro día cambió sus nuevos y preciosos zapatos de charol por otros viejos de un niño pobre que se encontró al venir de la escuela. Siendo ya grande era a las muchachas y golfillos de la calle a quienes iba a llevar a su casa para devolverles la dignidad que la miseria y la injusticia les había robado. Esta especial sensibilidad no le apartaba de ser un niño muy normal, en inocencia, travesuras, juegos y sueños. Pero sus inclinaciones altruistas se van definiendo con llamativa decisión.

    A los catorce años ingresa en “los Luises”, congregación Mariana fundada por el jesuita san Luís Gonzaga. Aquí comienza a desarrollar la alta calidad humana y los talentos espirituales con que Dios lo había agraciado. A los 20 años, como presidente de la congregación mariana, dirige unas elocuentes palabras a los demás jóvenes. Este discurso bien puede servir como mensaje nuclear para la juventud de todos los tiempos; pero de una forma explícita a jóvenes cristianos de hoy, quienes en tiempos difíciles, necesitan el aliento y ánimo de hombres y mujeres decididos a dar testimonio firme de su fe, esperanza y amor, públicamente, sin reparar en el qué dirán, y sin dejarse por el miedo propio de ir contracorriente. “Seamos un doble testimonio a Dios y a los hombres de que todavía arde la caridad en los pechos de los que empezamos a correr las sendas de la vida. Como cristianos tenemos la obligación de observar una conducta vivida del todo conforme a la religión del crucificado sin avergonzarnos de nuestra fe. En la vida social que nos vemos obligado a tener, debemos obrar de modo que al vernos todos puedan comprender lo que es Cristo”.

    El camino que conduce a la Felicidad, para el Padre Méndez, es sólo uno: Jesucristo, y tiene un nombre universal, incuestionable. Este nombre es El Amor. Pero el Amor no es una palabra, sino una forma de vida: se trata de vivir en favor de los más desfavorecidos, hasta levantarlos de donde se les ha recluido y ponerlos a la altura de la dignidad de Jesús, que se identifica totalmente con los últimos de la sociedad.

UN JOVEN SOLIDARIO