Al llegar el 24 de noviembre, M. Mariana se asoma de nuevo al balcón de nuestras vidas para dejarnos algún mensaje. El testimonio de su vida puede ser un mensaje para toda persona que se acerque a ella y especialmente para la juventud.
De niña, a los 9 años, muere su madre y tiene que abandonar su país, México, y trasladarse a Madrid con sus hermanos y compartir hogar con la abuela, tíos y primos maternos. Hoy, también son muchas las jóvenes que tienen que abandonar su país de origen y emigrar, unas veces por necesidad y otras por razones de estudio y promoción.
Mariana crece en un hogar feliz con los tíos y primos y recibe una educación cristiana, acorde con la familia que la acoge. Ella, con su simpatía y bondad hace feliz y cautiva misteriosamente a cuantos conviven y comparten su amistad y cercanía.
Por su nobleza de corazón y sensibilidad humana, Mariana percibe y observa la otra cara de la vida, donde se padece el misterio de la soledad y la exclusión. Su sensibilidad al sufrimiento humano la hace descubrir el abandono que padecen muchas jóvenes en el Madrid de su tiempo.
Mariana, insatisfecha con los placeres y diversiones de este mundo, busca dar un sentido trascendente a su vida. Enamorada cada vez más de Jesucristo, encuentra en Él la respuesta que llena su corazón. Poco a poco el Señor la va dando la respuesta a sus deseos de entregarse más y más. Descubre a Cristo en los rostros de las jóvenes que la sociedad margina. Siente que Dios la llama a seguirle con más radicalidad consagrando su vida a Él y dedicándose al cuidado de estas jóvenes.
En su búsqueda por conocer la voluntad de Dios y dar respuesta a la inquietud que siente en su interior, se encuentra con D. Francisco Méndez y este sacerdote es para ella la luz que la orienta y dirige en el camino. Comparte con el padre Méndez sus deseos e inquietudes, le abre su corazón y encuentra en él la luz que necesita para clarificar su decisión de entregarse para siempre al Señor. El P. Méndez, a su vez, encuentra en ella la respuesta y el apoyo que necesita para llevar adelante la idea de una fundación que se ocupe de las jóvenes a quienes Mariana quiere acoger, educar y evangelizar. Del encuentro de estos dos grandes santos surge una nueva institución en la Iglesia: “Hermanas Trinitarias”.
Mariana percibe en sus visitas a los hospitales y cárceles que aquellas jóvenes necesitan al salir de allí, un hogar, una cultura y un trabajo; pero sobre todo necesitan ser evangelizadas para que reconozcan su propia dignidad de hijas de Dios.
También la M. Teresa vio la miseria y la gente que moría por las calles de Calcuta y se quedó con ellos. “He visto morir a tantas gentes por las calles... He visto mucho dolor... Yo me quedo aquí”.
La M. Mariana escribe su experiencia al visitar a las jóvenes que morían en el Hospital de San Juan de Dios, y escribe: “La primera vez que fui al hospital fue tanta la impresión que me vi imposibilitada para hacer la visita...” Pero reacciona y escribe más adelante: “Esta visita me produjo tal impresión que puedo asegurar fue una aclaración más de mi vocación. El ver sumidas en la miseria física y moral tantas criaturas abandonadas hasta de las personas que se dedican a la piedad y en unas condiciones tan poco higiénicas, llenó mi corazón de amargura, por una parte, y de deseos de salvarlas por otra”... “Yo las acogeré no pensando en lo que fueron sino en lo que pueden llegar a ser”.
Los santos tienen estos arranques de generosidad con el Señor y son consecuentes con su opción.