Aquella pequeña casa del paseo del Obelisco de Madrid, guarda los secretos mejor guardados de la primera comunidad: seis hermanas que, llenas del fuego del amor divino, emprendieron una obra arriesgada, llamada a perpetuarse en el tiempo.
Comenzaron su andadura el 2 de febrero de 1885 con una sencilla Eucaristía en la iglesia del monasterio de la Encarnación. En la homilía, el P. Méndez encendió el corazón de aquellas jóvenes, con estas palabras evangélicas que Jesús dirige a los discípulos: “Id por toda la tierra enseñando a todas las gentes a practicar aquello que yo os he enseñado. No temáis. En mi nombre lanzaréis los demonios, hablaréis un lenguaje nuevo... No penséis lo que habéis de comer ni con qué habéis de vestir. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura”. Encendidas en el fuego que el P. Méndez intenta transmitir, aquella misma tarde se dirigen a la casita del Paseo del Obelisco y comienzan su trabajo apostólico. Hoy hace 123 años.
Queriendo adentrarme en sus sentimientos, descubro un amor de Dios que raya en el límite de lo arriesgado. Su juventud les hace no ver las dificultades del camino que emprenden. Han de estar dispuestas a recibir a cualquier hora del día o de la noche a toda joven que quiera preservarse o salir de una vida de engaño, de placer, de marginación... Han de transformar sus corazones, heridos por el sufrimiento y la explotación de que han sido objeto, en corazones limpios, agradecidos a Dios porque les ha librado de un mundo egoísta y sin escrúpulos. Toda una labor que sólo con dedicación y paciencia irán consiguiendo.
¿Qué hacen estas seis jóvenes en aquel pequeño cenáculo? Ante todo, se han sentido llamadas a seguir al Maestro. Se sienten convocadas y unidas por un mismo ideal: seguir sus pasos y ayudarle a construir el Reino.
Aquella misma noche comienzan los Ejercicios Espirituales, como preparación para emprender la obra a la que se sienten llamadas. En estos Ejercicios, el P. Méndez caldeará sus corazones con el fuego divino del que él está encendido. Les hablará también de la idea que él viene acariciando y viviendo en su interior, desde hace varios años. Una obra inspirada por Dios, también en los Ejercicios, y que siente es llegado el momento de dar los primeros pasos.
De estas seis jóvenes, Mariana, la mayor de ellas, ha sentido también, como el P. Méndez, que Dios la llama a emprender esta fundación. Será la primera que recibe y comparte con él el carisma trinitario. Ella nos transmitirá a las generaciones futuras algo de lo que ellas vivieron en aquella pequeña casa del Paseo del Obelisco. Un año después de la Fundación, Mariana escribe en sus apuntes espirituales:
“Hace un año hoy, no comprendíamos cómo podíamos sostener nuestra empresa. La fe crecía al ver que se sucedían los meses y en cada uno de ellos, podíamos admirar un nuevo prodigio; repetidas veces exclamábamos: ¡Qué bueno es Dios para con nosotras! ¡Qué buenas tenemos que ser para con Él! ¿Quién hubiera jamás imaginado los beneficios que íbamos a recibir, las jóvenes que acudirían a nosotras para ser acogidas, y que la obra comenzada llena de temores, se desarrollaba de una manera prodigiosa, en breves meses?. ¿Quiénes somos nosotras, Jesús mío, para que te hayas dignado escogernos para tan sublime destino?”
Estos son los ecos que nos quedan de aquel primer año. El número de jóvenes que acudían a ellas era cada vez más creciente, continua Mariana, y era para ellas motivode acción de gracias al Señor. Pronto se quedó pequeña la primera casa; y como el grano de mostaza, fue creciendo por la respuesta generosa de estas seis primeras hermanas que acogieron la semilla del carisma sembrado por Francisco y Mariana.
Hoy, debemos manifestar nuestro recuerdo agradecido para estas seis primeras hermanas que supieron encarnar el carisma trinitario con tanta dedicación. Y a Mariana, que nos haya dejado en sus escritos los ecos de su corazón agradecido por los beneficios recibidos.