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El encuentro de dos vidas y una sola pasión

Repetidas veces nos recuerda el Padre Méndez en sus cartas, que fue durante unos ejercicios espirituales -en 1876, dos años después de su ordenación sacerdotal-, y precisamente en la “meditación del Reino de Cristo” cuando él decidió consagrar su vida totalmente al servicio de este Reino y concibió la idea de formar una pequeña comunidad de religiosas que llevaran adelante este servicio.
    
Cuando en 1882 conoció a Mariana Allsopp, el P. Méndez había madurado ya su idea. Al comunicársela a Mariana encontró muy pronto eco en ella, pues se sentía igualmente interpelada ante la situación de tantas jóvenes sin rumbo, necesitadas de que alguien les tendiera una mano, las acogiera y les diera una formación integral que les permitiera situarse en la sociedad dignamente.
    
         Por fin, esta idea “utópica” se hacía realidad el 2 de febrero de 1885. Con una sencilla Eucaristía en la iglesia de la Encarnación de Madrid, iniciaba la andadura de la obra. El texto evangélico que el P. Méndez lee y comenta, deja muy claros el espíritu y el horizonte de esta obra. “Id... no temáis. En mi nombre lanzaréis demonios. Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia. El resto se os dará por añadidura” (Mt 28,19; 10,5; 6,31).
    
Por la tarde de aquel día, en una pequeña casa del Paseo del Obelisco (hoy Martínez Campos), se abría la primera puerta de la obra. Una puerta abierta a la esperanza para muchas jóvenes oprimidas y marginadas por la sociedad.
    
Las “locas del Obelisco” como pronto se calificó a las primeras trinitarias, siguiendo la llamada y los caminos del Espíritu, se fiaron de Dios y dieron comienzo a una obra arriesgada y difícil que venía a llenar un vacío en la Iglesia y en la sociedad de aquel tiempo.
    
La casa de “la puerta abierta” recibió el nombre de “Asilo de la Santísima Trinidad” y “las locas del Obelisco” se llamarían Hermanas Trinitarias

 
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