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El Papa clama por la paz en su mensaje de Pascua
El primer mensaje de Pascua de Benedicto XVI se convirtió en una reivindicación de paz en nombre de la resurrección de Jesús para las zonas ensangrentadas del planeta, en particular, para África, Oriente Medio y América Latina.
En el día en que cumplía 79 años y tres días antes de su primer aniversario como pontífice, el Papa Joseph Ratzinger, tras celebrar la misa del Domingo de Resurrección, leyó un mensaje de confianza para «esta época nuestra marcada por la inquietud y la incertidumbre». Escuchaban al Santo Padre, en una mañana soleada que había contradicho las previsiones meteorológicas, unas cien mil personas congregadas en la plaza de San Pedro, así como centenares de millones de personas que seguían el acontecimiento por radio y televisión (102 canales de televisión de 65 países).
El Papa propuso la esperanza que ofrece la resurrección de Jesús a los puntos calientes del planeta, comenzando por las poblaciones de la región sudanesa de Darfur, «que atraviesan una dramática situación humanitaria insostenible».
Su mensaje llegó también «a las regiones de los Grandes Lagos, donde muchas heridas aún no han cicatrizado; a los pueblos del Cuerno de África, de Costa de Marfil, de Uganda, de Zimbabwe y de otras naciones que aspiran a la reconciliación, a la justicia y al desarrollo».
Al pasar su mirada por Oriente Medio, el Santo Padre deseó que «en Irak prevalezca finalmente la paz sobre la trágica violencia, que continúa causando víctimas despiadadamente».
También deseó «ardientemente la paz para los afectados por el conflicto de Tierra Santa, invitando a todos a un diálogo paciente y perseverante que elimine los obstáculos antiguos y nuevos».
«Que la comunidad internacional, que reafirma el justo derecho de Israel a existir en paz, ayude al pueblo palestino a superar las precarias condiciones en que vive y a construir su futuro encaminándose hacia la constitución de un auténtico y propio Estado», exhortó el Santo Padre.
El obispo de Roma alentó también «un renovado dinamismo en el compromiso de los países de Latinoamérica, para que se mejoren las condiciones de vida de millones de ciudadanos, se extirpe la execrable plaga de secuestros de personas y consoliden las instituciones democráticas, en espíritu de concordia y de solidaridad activa».
Este repaso de la actualidad internacional llevó al sucesor del apóstol Pedro a afrontar «las crisis internacionales vinculadas a la energía nuclear», exigiendo que se llegue «a una salida honrosa para todos mediante negociaciones serias y leales».
En este sentido, pidió que «se refuerce en los responsables de las naciones y de las organizaciones internacionales la voluntad de lograr una convivencia pacífica entre etnias, culturas y religiones, que aleje la amenaza del terrorismo».
«Éste es el camino de la paz para el bien de toda la humanidad», afirmó.
Antes de su mensaje, el Papa presidió la eucaristía en una plaza de San Pedro que junto al altar se había convertido en un auténtico jardín de miles de flores de todos los colores, en particular, margaritas, rosas, lirios, violetas, narcisos y tulipanes.
Tras el mensaje, felicitó en 63 idiomas por la Pascua al mundo, entre otros, en árabe, hebreo, y chino.
Hablando en inglés, dijo entre aplausos: «¡Os deseo a todos una buena y feliz fiesta de Pascua, con la paz y la alegría, la esperanza y el amor de Jesucristo Resucitado!».
Benedicto XVI, que ha presidido todas las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa en el Vaticano, se ha transferido en la tarde de este domingo a la residencia pontificia de Castel Gandolfo, a unos 30 kilómetros de Roma, para pasar unos días de mayor tranquilidad.
El próximo miércoles, 19 de de abril, viajará en helicóptero al Vaticano para poder participar en la semanal audiencia general. En ese día, se celebrará el aniversario de su elección como obispo de Roma.
*****************************************************************************MENSAJE DE PASCUA DEL PAPA BENEDICTO XVI (texto completo)
Queridos hermanos y hermanas:
Christus resurrexit! - ¡Cristo ha resucitado!
La gran Vigilia de esta noche nos ha hecho revivir el acontecimiento decisivo y siempre actual de la Resurrección, misterio central de la fe cristiana. En las iglesias se han encendido innumerables cirios pascuales para simbolizar la luz de Cristo que ha iluminado e ilumina a la humanidad, venciendo para siempre las tinieblas del pecado y del mal. Y hoy resuenan con fuerza las palabras que asombraron a las mujeres que habían ido la madrugada del primer día de la semana al sepulcro donde habían puesto el cuerpo de Cristo, bajado apresuradamente de la cruz. Tristes y desconsoladas por la pérdida de su Maestro, encontraron apartada la gran piedra y, al entrar, no hallaron su cuerpo. Mientras estaban allí, perplejas y confusas, dos hombres con vestidos resplandecientes les sorprendieron, diciendo: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lucas 24, 5-6) «Non est hic, sed resurrexit» (Lucas 24, 6). Desde aquella mañana, estas palabras siguen resonando en el universo como anuncio perenne, e impregnado a la vez de infinitos y siempre nuevos ecos, que atraviesa los siglos.
«No está aquí... ha resucitado». Los mensajeros celestes comunican ante todo que Jesús «no está aquí»: el Hijo de Dios no ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte (cf. Hechos 2, 24) y la tumba no podía retener «al que vive» (Apocalipsis 1, 18), al que es la fuente misma de la vida. Porque, del mismo modo que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo, también Cristo crucificado quedó sumido en el seno de la tierra (cf. Mateo 12, 40) hasta terminar un sábado. Aquel sábado fue ciertamente «un día solemne», como escribe el evangelista Juan (19, 31), el más solemne de la historia, porque, en él, el «Señor del sábado» (Mateo 12, 8) llevó a término la obra de la creación (cf. Génesis 2, 1-4a), elevando al hombre y a todo el cosmos a la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Romanos 8, 21). Cumplida esta obra extraordinaria, el cuerpo exánime ha sido traspasado por el aliento vital de Dios y, rotas las barreras del sepulcro, ha resucitado glorioso. Por esto los ángeles proclaman «no está aquí»: ya no se le puede encontrase en la tumba. Ha peregrinado en la tierra de los hombres, ha terminado su camino en la tumba, como todos, pero ha vencido a la muerte y, de modo absolutamente nuevo, por un puro acto de amor, ha abierto la tierra de par en par hacia el Cielo.
Su resurrección, gracias al Bautismo que nos "incorpora" a Él, es nuestra resurrección. Lo había preanunciado el profeta Ezequiel: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel» (Ezequiel 37, 12). Estas palabras proféticas adquieren un valor singular en el día de Pascua, porque hoy se cumple la promesa del Creador; hoy, también en esta época nuestra marcada por la inquietud y la incertidumbre, revivimos el acontecimiento de la resurrección, que ha cambiado el rostro de nuestra vida, ha cambiado la historia de la humanidad. Cuantos permanecen todavía bajo las cadenas del sufrimiento y la muerte, aguardan, a veces de modo inconsciente, la esperanza de Cristo resucitado.
Que el espíritu del Resucitado traiga consuelo y seguridad, particularmente, a África a las poblaciones de Darfur, que atraviesan una dramática situación humanitaria insostenible; a las de las regiones de los Grandes Lagos, donde muchas heridas aún no han cicatrizado; a los pueblos del Cuerno de África, de Costa de Marfil, de Uganda, de Zimbabwe y de otras naciones que aspiran a la reconciliación, a la justicia y al desarrollo. Que en Irak prevalezca finalmente la paz sobre la trágica violencia, que continúa causando víctimas despiadadamente. También deseo ardientemente la paz para los afectados por el conflicto de Tierra Santa, invitando a todos a un diálogo paciente y perseverante que elimine los obstáculos antiguos y nuevos. Que la comunidad internacional, que reafirma el justo derecho de Israel a existir en paz, ayude al pueblo palestino a superar las precarias condiciones en que vive y a construir su futuro encaminándose hacia la constitución de un auténtico y propio Estado. Que el Espíritu del Resucitado suscite un renovado dinamismo en el compromiso de los Países de Latinoamérica, para que se mejoren las condiciones de vida de millones de ciudadanos, se extirpe la execrable plaga de secuestros de personas y consoliden las instituciones democráticas, en espíritu de concordia y de solidaridad activa. Por lo que respecta a las crisis internacionales vinculadas a la energía nuclear, que se llegue a una salida honrosa para todos mediante negociaciones serias y leales, y que se refuerce en los responsables de las Naciones y de las Organizaciones Internacionales la voluntad de lograr una convivencia pacífica entre etnias, culturas y religiones, que aleje la amenaza del terrorismo. Éste es el camino de la paz para el bien de toda la humanidad.
Que el Señor Resucitado haga sentir por todas partes su fuerza de vida, de paz y de libertad. Las palabras con las que el ángel confortó los corazones atemorizados de las mujeres en la mañana de Pascua, se dirigen a todos: «¡No tengáis miedo!...No está aquí. Ha resucitado» (Mt 28,5-6). Jesús ha resucitado y nos da la paz; Él mismo es la paz. Por eso la Iglesia repite con firmeza: «Cristo ha resucitado – Christós anésti ». Que la humanidad del tercer milenio no tenga miedo de abrirle el corazón. Su Evangelio sacia plenamente el anhelo de paz y de felicidad que habita en todo corazón humano. Cristo ahora está vivo y camina con nosotros. ¡Inmenso misterio de amor! Christus resurrexit, quia Deus caritas est! Alleluia!
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DEUS CARITAS EST
Carta encíclica de Benedicto XVI
“La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito”.
El Papa en su primera encíclica, quiere dejar claro que “Dios es Amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él”. Y por esono es posible que difieran en su raíz, y menos que se contradigan, el amor humano y el amor divino.
En un mundo como el actual, donde se quiere arrancar de su raíz divina la realidad del matrimonio y de la familia, esta encíclica cobra una actualidad muy significativa y concreta. Nada de teorías abstractas; todo lo contrario, es una encíclica sumamente práctica.
Podemos fijarnos en algo muy concreto: La Caridad.
Al hablar de la acción caritativa de la Iglesia, el Papa subraya con firmeza que es muy importante que ésta no se diluya en una organización asistencial genérica; que las personas necesitan algo más que una atención. Necesitan humanidad, atención cordial.
Un mundo mejor, se construye solamente haciendo el bien, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido.El Papa no se para en reflexiones, sino que señala caminos, pistas concretas de actuación: “Ni caer en una soberbia que desprecia al hombre y que, en realidad, nada construye, ni ceder a la resignación que impediría dejarse guiar por el amor y así guiar al hombre”.La caridad, el amor, está unido indisolublemente a la fe y a la esperanza. La esperanza supone también la paciencia que sabe esperar y no desfallece ante fracasos aparentes. Y la humildad que se fía de Dios y reconoce su misterio, incluso en los momentos de oscuridad.
“La vida de los santos,-nos recuerda el Papa al final de la encíclica-, no comprende sólo su biografía terrena, sino también su vida y actuación en Dios después de la muerte. En los santos, se hace evidente, que quien va hacia Dios, no se aleja de los hombres, sino que se hace realmente cercano a ellos”.
Los santos han sabido encarnar en su vida y hacer realidad el título de esta maravillosa encíclica “Deus Caritas est”. Entre los santos de todos los tiempos que se distinguieron por la práctica de la caridad podemos incluir también a nuestros fundadores Francisco y Mariana, que como “buenos samaritanos” acogieron y curaron con verdadera caridad cristiana las heridas de alma y cuerpo de las jóvenes necesitadas de su tiempo.