Mi querido y añorado Padre:
De nuevo me pongo en contacto contigo, y hoy especialmente, ya que es el día de tu Santo: ¡MUCHAS FELICIDADES!
Una vez más me acerco contigo a Dios y a nuestro mundo. Y hoy quiero hacerlo a través de todo lo que Dios nos regala cada día y de todo lo que pone en nuestras manos.
Para muchas de nosotras, en estos días se nos presenta, y Dios nos regala, una nueva oportunidad, extraordinaria, para revivir el carisma que tú nos legaste: iniciamos un nuevo curso. Nacemos nuevamente a la vida; nuevos retos, nuevas ilusiones, nuevas personas a quienes ofrecer el mensaje del Evangelio… Un nuevo horizonte en nuestras vidas y en las de los jóvenes a quienes somos enviadas. Un nuevo curso para asemejarnos a Jesús encarnándonos a Él en los nuevos rostros de este nuevo mundo.
Si renazco a la vida a través de todo lo nuevo que tengo ante mí y dentro de mí, si me encarno en este nuevo mundo, descubro que sólo es posible desde el querer de Dios, desde su voluntad, y que es exactamente desde donde tú lo hiciste. Ella fue tu mayor tesoro y por eso nos lo dejaste en herencia. Tesoro al que consagraste, al igual que lo hizo Cristo y al igual que estoy llamada a hacerlo yo, toda tu vida y todo tu ser.
Un nuevo horizonte, una nueva vida también Dios te regalaba a ti aquel 30 de septiembre cuando decidiste ocupar el lugar que tu amigo dejaba en la Iglesia. Hecho que recuerdo por tu gran sensibilidad y ternura para con Dios y para con tus hermanos los hombres. En este día quisiera que me permitieras entrar en tu corazón para conocer la intensidad y la fuerza del amor que te empujaba a hacer todo lo que Él te pidiera.
Padre, desde tu juventud siempre estuviste atento al querer de Dios; mira nuestro corazón y pide a Dios para nosotras lo mismo.
Te abraza tu hija.
|