2 de Febrero de 2007
Mis queridos Padres Francisco y Mariana:
Ante la invitación que recibo en este día, de acompañar a María en el solemne acto de ir al Templo a presentar a su Hijo al Señor, también quisiera contar con vuestra presencia, como recuerdo de aquella presentación que, en este día de aquel año de 1885, hacíais al Señor de las primicias de vuestro corazón.
Junto a vosotros renovar aquella vuestra ofrenda haciéndola mía, y no sin antes haber recorrido el camino que, tanto vosotros como nuestros padres en la Fe , recorristeis: atravesar el desierto, lugar privilegiado donde el corazón se purifica para poder llegar y entrar en el Templo, para poder llegar y entrar en el corazón de Dios acompañados también de las primicias de nuestra vida: ellos, sus hijos predilectos, los más pequeños, los que no cuentan, los más necesitados.
¿Cómo no intentar detenerme a contemplar este Misterio? ¿Cómo controlar el corazón y no soltar todas las amarras que me impiden caminar al poner en el corazón de Dios lo más sagrado de ese otro Templo del mundo?
¡Cuanto fuego había en vuestras vidas!
No os faltó ni razón ni corazón al pedirnos a vuestras hijas, las Trinitarias, que “ seamos zarzas por la práctica del amor”. Seguramente así viviremos siendo testigos del Amor de Dios que arde sin consumirse.
Os quiere vuestra hija. Luci.
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