Con frecuencia nos rechinan palabras tales como “perfección en la caridad”, habituales en el lenguaje cristiano de los tiempos de Francisco. Hoy nos gusta más oír hablar de solidaridad, voluntariado, compromiso con los pobres. Pero hay una cuestión decisiva que marca la diferencia: esto es la incondicionalidad. No se trata de la moda, oportunidad, o experiencia temporal para realizarse humanamente y sentirse bien consigo, sino de poner en juego lo mejor de sí, arriesgando el propio prestigio, la comodidad, y sobre todo los privilegios que gratis se nos han dado y tan injustamente nos atribuimos como derechos adquiridos.

Ser solidario está de moda, pero ¿es un cheque en blanco? ¿hasta donde nos atrevemos a alargar nuestra solidaridad? La verdadera solidaridad no tiene límites, ni se apoya en reconocimientos ni privilegios, más bien, a ejemplo de Cristo, crece al amparo del abajamiento.

Ocultamente, sin saberlo sus padres, Francisco se alista en la Asociación de la doctrina cristiana o Hermandad de san Felipe Neri. Su campo de acción se centra en los hospitales y en las cárceles. Aquí se prestan los servicios más delicados y humildes: lavar a los enfermos, cortarles las uñas, servirles los alimentos, darles ropas, consolarlos, hablarles de Dios y prepararlos para confesar y comulgar. Sus tardes libres las pasa aquí; en estas acciones caritativas emplea lo que sus padres le dan para sus caprichos y para el teatro, afición preferida de los señores Méndez.

Sus deseos de darse sin medida le lleva a una decisión: partir para las misiones, ofrecimiento truncado, de momento, por radical oposición familiar. Paralizado el deseo de hacerse misionero, su vida se orienta en torno a los proyectos que para él tienen sus padres, ser ingeniero, hasta que una experiencia puntual y decisiva le revela el cambio radical que se va a dar en su vida.

El joven Francisco se siente hondamente preocupado por las situaciones políticas y sociales que amenazan a la religión. La revolución triunfa y cunde un gran pavor en la sociedad ante los acontecimientos políticos que amenazan la seguridad de muchos. El día 30 de septiembre de 1868 todos los periódicos narran la historia del levantamiento. El miedo recluye en casa a las gentes y paraliza los proyectos de futuro. Los periódicos informan de las bajas (más de cuatrocientos muertos) en el ataque del puente de Alcolea. Doña Isabel de Borbón y toda la familia tienen que huir a Francia. Las circunstancias sociales, críticas para España y para la Iglesia , afectan profundamente a la familia de Francisco pues sus padres, monárquicos, sienten el peligro cuando la monarquía ha sido derrotada. Nadie hubiera pensado que en estas críticas circunstancias Dios le iba a hablar.

Sentí en mi corazón una voz y una decisión especial”. La voz clara e inconfundible de Dios traía consigo la decisión y la fuerza para llevarla a cabo. Este cambio radical le lleva a romper todos sus proyectos personales para pasar, de manera progresiva, a una existencia centrada exclusivamente en los planes de Dios, que Francisco siente lee siempre en las condiciones de los más desfavorecidos.

En todos sus planes concretos, tiene siempre dos claves para discernir si realmente el camino que ha de tomar: si lleva a más amor, ha de realizarlo, aunque le cueste lo que humanamente no se concibe, y aunque todo se le ponga en contra. Y, el otro criterio de discernimiento se lo deja a Dios: Si Él lo quiere, lo llevará adelante.

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La hora de la verdad:

Siempre hay una hora en la que todo parece decidirse. Quizás venía preparándose con infinidad de detalles, inteligentes y misteriosos, que nosotros no supimos descifrar. Pero sucede. Y en adelante, la vida comienza su destino, irreversible, decidido, fecundo, imparable. Es la hora de la verdad, que desde lo escondido y secreto del alma, venimos deseando y hasta invocando, aunque de repente parece que nos sorprende. Cuando llega, quienes la escuchan y se atreven a seguirla, van dejando un rastro luminoso en la historia; huellas que a otros pueden animar...

Francisco lleva unos meses inquieto. Quiere una entrega mayor pero sus deseos son frenados por su familia. En pocas horas aparece la luz y la paz; anota la fecha exacta y cuenta escuetamente la noticia. Un amigo suyo, ante las amenazantes circunstancias que rodean a la Iglesia, le comunica su decisión de abandonar el seminario y escoger un futuro más seguro. Sin haber pensado él hasta entonces ser sacerdote, siente en su interior un impulso que le mueve a dejarlo todo y ocupar el lugar que abandona su amigo: “Sentí en mi corazón una voz y una decisión especial”.

En boca de su amigo reconoce "la voz" clara e inconfundible de Dios, y los signos evidentes los identifica en la decisión y la fuerza que sentía para realizar lo que le pedía. Y en la libertad que a partir de entonces impregna toda su vida. Esta decisión le lleva a romper con todos los proyectos que hasta ese momento le ocupaban, y también con las expectativas que otros tenía sobre él, para pasar a una existencia centrada exclusivamente en los planes de Dios. Para muchos parecía un salto en el vacío, un riesgo alocado: quiere ser sacerdote cuando otros se van. La Iglesia es perseguida, la religión amenazada, y quienes siguen el Camino de Jesús están en cuestión. Pero es en estas circunstancias precisamente cuando Él siente que Dios le habla al corazón. 1

ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL PADRE MÉNDEZ

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OTROS DOCUMENTOS SOBRE LA VIDA DEL PADRE MÉNDEZ

El día 1 de Abril de 1924, a los 74 años de edad, Don Francísco Méndez, conocido y aclamado en Madrid como el "padre de los pobres", se despidió de este mundo dejándonos un inquietante testamento que, como herencia inagotable, sigue hoy enriqueciendo los corazones de quienes se atreven a escuchar la voz del que es VIDA y, sobre todo, se atreven a seguirla:

"No pidáis nunca nada sino cumplir en todo la voluntad de Dios. Si alguien os ofende, perdonadle sin demora". w