Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos (Mt 28,20).

 

No sabemos reconocerlo, no lo sentimos, pero Cristo está con nosotros.

Está presente en los que no cuentan, en los pobres, en los presos, en los pequeños, en los necesitados. No es cuestión de ver en ellos a Cristo, es cuestión de fe y de amor. Se trata de amar de hecho. (Mt 25).

Se hace presente cuando compartimos: el pan de cada día, los sufrimientos y la esperanzas. Aunque estemos desanimados y nos tiente la desesperanza: si compartimos, Él está entre nosotros (Lc 24).

Está presente en la  Comunidad, aunque esté cargada de miedos y encerrada en sí misma, como en el Cenáculo. Porque a Dios no le estorba nuestra humanidad para hacerse presente, sobre todo si hay sencillez, humildad, verdad.

Se hace presente en la intimidad de la Amistad, donde se experimenta a fondo perdido el compartir y la solidaridad, el compromiso y la generosidad, donde se aprende el oficio de consolar, y donde se aprende a "dejarse amar".

Se hace presente en los que buscan a Dios, aunque le busquen en lugar equivocado. Como le sucedió a Mª Magdalena, nosotros no le reconocemos, pero Él sí nos reconoce, y en nuestra desesperación pronuncia nuestro nombre.

Se hace presente en la duda, en los que dudan y hasta desconfían, o “ciegos” quieren una prueba (Tomás).

Se hace presente en el pecador y en el arrepentimiento, en la corrección fraterna y en el perdón.

Está presente cuando se acoge a un peregrino y se le hace sitio entre nosotros (Emaús).

Está presente en su Palabra, y especialmente en el texto sagrado de nuestra vida.

Está presente en la Eucaristía, y lo reconocemos cuando ésta es expresión de la vida y alimento para nuestra vida de cada día.

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