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¡Levántate!

"Conozco tus obras, tienes el nombre de viviente, pero estás muerto" (Ap 3,1).

Tener el nombre de "viviente" no es sinónimo de "estar vivo". A nuestro alrededor vemos mucha gente que deambula, pero no sabemos si realmente vive. Hay muerte, enfermedad y sometimiento que se ve claramente; y son situaciones que nos duelen, que nos conmueven, y que también mueven muchos proyectos, y muchas vidas. Son situaciones que nos llaman para hacer algo por defender y dar vida allí donde es arrebatada.

Pero hay también muerte, enfermedad y sometimiento enmascarado, y que con espantosa frecuencia es ocasión de caída para muchos, y de más enfermedad, opresión y muerte. No todo el que tiene el nombre de viviente está vivo; ni el que parece sano no está enfermo; cuánta gente que va a su aire por la calle vive realmente en una cárcel. Los santos y padres de la Iglesia han hablado siempre de una muerte del alma que mueve al pecado. Pero no nos estamos refiriendo a una dimensión espiritual reductora, que no toca la vida física. La muerte en vida se refleja también en el cuerpo, y en el rostro, y sobre todo en la relación que mantenemos con el universo. Quien está vivo engendra vida; quien está muerto provoca corrupción y más muerte.

Vivir es dar Vida. Nadie que vive en verdad puede pasar indiferente ante el dolor, ante la enfermedad, ante la opresión, ante la muerte. Su propia vida se convierte generadora de más vida. Vive quien genera vida por donde va.

Pero es posible VIVIR aún cuando se ha muerto. En estos textos vemos cómo las lágrimas de una madre mueven a Jesús a la compasión, y a dar vida al cadáver; vemos también como la Fe propia saca la fuerza que da vida a quien la tiene; y cómo también la Fe de otros (amigos, familiares) dinamizan la Vida que "duerme" yerta.

Basta que tengas FE; basta que sepas esperar; basta que ames. Sí: Basta que creas, esperes y ames a quien es LA VIDA. Basta que confíes en Él para tener vida y dar vida; para vivir y que tu propia vida genere nueva vida.

“¡Talitá, kum!”: “¡Óyeme, niña, levántate!”

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“Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

 
Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo:

Joven, a ti te digo, levántate.

Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

Óyeme niña: Levántate (Mc 5, 21-43)

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado.. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de Él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?' “Pero Él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de Él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo:

“¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!”

La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña. Palabra del Señor.

"A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 3-13)

Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por Él en el río Jordán, confesando sus pecados. Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados"

Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: "¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?". Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: "¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate, toma tu camilla y anda?" Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados ( dice al paralítico):

"A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa."

Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: "Jamás vimos cosa parecida". Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba.