Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado
«JOVEN INMIGRANTE, LA PARROQUIA SALE A TU ENCUENTRO»
20 ENERO 2008El domingo 20 de Enero Celebramos la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado. Una vez más, la Iglesia nos invita a tomar conciencia ante el fenómeno migratorio, su naturaleza, sus implicaciones y consecuencias. Y, sobre todo, a sentirnos y hacernos protagonista implicados en la acogida, integración, promoción y desarrollo.
En el contexto histórico actual la presencia de los inmigrantes es, al a la vez que un signo de los tiempos, una realidad compleja que nos interpela. Los hombres y mujeres inmigrantes forman parte ya de nuestros pueblos y ciudades, de nuestros barrios y de nuestras comunidades. No les podemos considerar extraños; son nuestros vecinos, y mucho más: nuestros hermanos.
Pero además forman parte del engranaje del desarrollo nuestro y de nuestro bienestar común. Sin ellos no podríamos vivir como vivimos; muchas mujeres no podría incorporarse al trabajo. ¿Y qué sería del trabajo del campo sin los emigrantes? ¿Qué sería de la construcción? Muchos de ellos están en los trabajos más duros de nuestra tierra. Y también forman parte de lo más preciado que tenemos. ¡Cuántos de nuestros hogares están en sus manos! Lo más valioso: nuestras casas, nuestros niños, nuestros mayores, dependen de ellos en gran medida.
Para los cristianos tiene que haber un impulso interior más allá de lo que les mueve a salir de su tierra, y más allá de lo que nos aportan. Nadie es extranjero en su familia, por lo que nadie puede ser extranjero en nuestras comunidades.
- UNA MALETA PARA LA HISTORIA.- Dedicado a todos los que dejan sus su tierra, casas, su gente...
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Dedicado a todos los que dejan sus su tierra, casas, su gente, todo lo suyo, buscando un futuro incierto, desafiando al destino, ansiando la liberación... Iluiminados por la esperanza, si el azar se lo permite y la GRACIA acompaña, pueden encontrar lo que soñaron, si tienen la suerte de dar por el Camino con un poquito de AMOR...
Una Maleta para la historia
Ya había cenado y me iba para la sala a ver un rato la televisión cuando sin esperarlo sonó el teléfono. Rápidamente conocí la voz, era Claudia que me decía: “Me han dado mi primer sueldo, quiero celebrarlo”. Llegó de su país, Venezuela, con una maleta y su corazón lleno de recuerdos.
Atrás quedaban los gritos de su padre, cuando llegaba borracho a casa. Un día me contó que allí siempre vivió atenta al cuidado de la casa y de sus hermanos más pequeños, ayudando a su madre, que vivía presa del miedo hacia su padre.
Pero un día, su padre sufrió un infarto y en pocas horas murió. La eterna tempestad de su frustración, que se ocultaba detrás de cada borrachera, calló para siempre. La única fuente de ingresos de la familia se secó también de repente, puesto que a pesar de la bebida, mantenía su trabajo, como obrero en una pequeña fábrica de la ciudad.
Ella siempre supo que su futuro estaba fuera de su casa, y sin pensarlo demasiado, con apenas veinte años, una tarde le dijo a su madre que se iba con una amiga, un poco mayor que ella, a España en busca de trabajo.
Llegó a Madrid, y su amiga la dejó. Pasaron los meses viviendo donde podía, hasta que por fin encontró trabajo y acogida en la casa de un matrimonio, ya anciano, que tenían a su única hija viviendo en América, al otro lado del océano.
Mi joven amiga, que había dejado su casa a miles de Kilómetros estaba dispuesta a trabajar, a dar lo mejor de sí, para que su familia pudiera comer y los abuelos pudieran sentir su compañía, como el mayor analgésico a su soledad.
Dos mundos que se juntan: el de esta pareja de ancianos, con todos sus sueños entregados, y el de esta joven, con su destino por construir; como la playa se junta con las olas del mar procedentes de un más allá. La esperanza ilumina sus vidas, como el sol hace brillar el encuentro del agua y la arena.
Ha ganado su primer sueldo, y mucho más. En su casa siempre estuvo dispuesta a dar la vida por los suyos. La generosidad había arraigado ya en su corazón, tan solo tenía que seguir dejándola crecer.
Almudena Santos