¡COMIENZA EL TIEMPO ORDINARIO!

La historia está jalonada de momentos intensos que pretenden condensar todo el sentido que encierra la vida misma. Hay períodos y acontecimientos que despiertan en nosotros vivencias que nos estremecen, porque nos parece que rozan el Misterio. Hay circunstancias muy especiales que nos obligan a mirar más allá de lo que vemos, y nos impelan hacia lo que trasciende el aquí y ahora; experiencias extraordinarias que son como una ventana por la que podemos vislumbrar un poquito las utopías o los sueños. Hay también personas marcadas por lo extraordinario: cualidades o dotes especiales, una estrella, circunstancias únicas, condiciones ideales; personas que deslumbran, aunque dure poco.

Sí, lo extraordinario seduce, y hasta parece que lo necesitamos. Pero no olvidemos que no es el motor, ni es lo que mide la calidad de una vida, ni lo que da cuenta de la auténtica dignidad. Y, sobre todo, no es lo frecuente, pues la mayor parte de nuestra vida, transcurre en lo oculto y crece en silencio; y la gran mayoría somos gente corriente.

El Misterio de la Encarnación, rodeado de luces, estrellas, cierta dosis de magia y gran derroche de generosidad e ilusión, se ha convertido en una excusa para sumergirnos en lo extraordinario. Pero el Misterio comienza precisamente ahora. En la vida oculta, en el tiempo ordinario, en la sencillez y anonimato de Nazareth. Es todo un signo de la Vida sencilla de cada día, con sus condicionantes y sus dificultades, sin milagros que ahorren los procesos naturales de crecimiento. Austeridad, trabajo, fidelidad al ritmo del tiempo. ¡Cuántas vidas ocultas que no aparecen, que no cuentan, que no se ven!” ¡Cuántos momentos vividos, en soledad y silencio, repletos de pasión, cargados de dignidad humana, y preñados de divinidad! Vidas ocultas, hechos silenciosos de los que sólo sabe el propio corazón, y el Dios que ve en lo escondido.

Es el momento de considerar la vida acelerada, tantas veces basada en la eficacia, en los resultados inmediatos, medibles y visibles, en los éxitos por los que nos afanamos pretendiendo destacar y escapar del ritmo natural del tiempo. Es tiempo de Vivir, vivir sencillamente, vivir cada día, cada hora, cada instante, con las condiciones y circunstancias que me rodean hoy, aquí y ahora. No hay circunstancias especiales, porque todas son lo que son, y en todas se encarna Dios.

REFLEXIÓN // TEXTO

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TIEMPO ORDINARIO

El Tiempo Ordinario del año empieza con el lunes que sigue al domingo después del 6 de enero y se prolonga hasta el martes anterior a la Cuaresma; vuelve a reanudarse el lunes después del domingo de Pentecostés y finaliza antes de las Primeras Vísperas del Domingo Primero de Adviento.

Es el tiempo más largo de la vida de los cristianos. Durante este tiempo se nos invita a profundizar el Misterio de Cristo, Dios encarnado, y a vivirlo en el desarrollo de la vida de todos los días. La Liturgia de la Palabra asume una gran importancia en la formación cristiana de la comunidad. La abundancia de los textos que se presentan durante todo el año tienen una función pedagógica: se trata de conocer y meditar el mensaje de salvación actualizándolo en todas las circunstancias de la vida.

En este tiempo se pone de relieve el valor de lo ordinario o común, frente  a lo extraordinario. Esto significa dar importancia al trabajo de cada día, junto al cansancio, la rutina y el reposo apresurado; significa valorar la  conversación sobre el tema del día, el ajetreo diario familiar o comunitario, el ritmo acelerado de las horas y los días, o el ritmo sosegado de las noches; significa vivir el oasis de las fiestas establecidas o improvisadas, y la responsabilidad con los proyectos personales. La fe encarnada echa raíces en la vida ordinaria. Todo nuestro tiempo cotidiano es el espacio histórico con el que contamos para ser lo que somos, para llegar a lo que queremos alcanzar, para que el plan salvador se concrete y se realice.

¡Dios vive entre nosotros!. Esta es la primera razón para vivir este tiempo en plenitud: La presencia de Dios en nuestra vida ordinaria, su proximidad a nuestras situaciones cotidianas. «Dios está con nosotros». Si realmente lo creyéramos así, ¿no es verdad que desaparecería todo desaliento?

El tiempo ordinario suele considerarse como tiempo «débil», minusvalorado frente a los tiempos «fuertes». Pero la salvación no se efectúa únicamente en tiempos destacados, sino que es diaria. Precisamente el gran Misterio del que vivimos los cristianos es la Encarnación del hijo de Dios en el tiempo y espacio nuestros, en el lugar y tiempo que a cada uno nos toca vivir, que es el único con el que contamos para realizarnos, para hacer lo que queremos, para soñar lo que esperamos y luchar por lo que deseamos.