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¡COMIENZA EL TIEMPO ORDINARIO!
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El Tiempo Ordinario del año empieza con el lunes que sigue al domingo después del 6 de enero y se prolonga hasta el martes anterior a la Cuaresma; vuelve a reanudarse el lunes después del domingo de Pentecostés y finaliza antes de las Primeras Vísperas del Domingo Primero de Adviento.
Es el tiempo más largo de la vida de los cristianos. Durante este tiempo se nos invita a profundizar el Misterio de Cristo, Dios encarnado, y a vivirlo en el desarrollo de la vida de todos los días. La Liturgia de la Palabra asume una gran importancia en la formación cristiana de la comunidad. La abundancia de los textos que se presentan durante todo el año tienen una función pedagógica: se trata de conocer y meditar el mensaje de salvación actualizándolo en todas las circunstancias de la vida.En este tiempo se pone de relieve el valor de lo ordinario o común, frente a lo extraordinario. Esto significa dar importancia al trabajo de cada día, junto al cansancio, la rutina y el reposo apresurado; significa valorar la conversación sobre el tema del día, el ajetreo diario familiar o comunitario, el ritmo acelerado de las horas y los días, o el ritmo sosegado de las noches; significa vivir el oasis de las fiestas establecidas o improvisadas, y la responsabilidad con los proyectos personales. La fe encarnada echa raíces en la vida ordinaria. Todo nuestro tiempo cotidiano es el espacio histórico con el que contamos para ser lo que somos, para llegar a lo que queremos alcanzar, para que el plan salvador se concrete y se realice.
¡Dios vive entre nosotros!. Esta es la primera razón para vivir este tiempo en plenitud: La presencia de Dios en nuestra vida ordinaria, su proximidad a nuestras situaciones cotidianas. «Dios está con nosotros». Si realmente lo creyéramos así, ¿no es verdad que desaparecería todo desaliento?
El tiempo ordinario suele considerarse como tiempo «débil», minusvalorado frente a los tiempos «fuertes». Pero la salvación no se efectúa únicamente en tiempos destacados, sino que es diaria. Precisamente el gran Misterio del que vivimos los cristianos es la Encarnación del hijo de Dios en el tiempo y espacio nuestros, en el lugar y tiempo que a cada uno nos toca vivir, que es el único con el que contamos para realizarnos, para hacer lo que queremos, para soñar lo que esperamos y luchar por lo que deseamos.