PARA MEDIDITAR EN TIEMPO ORDINARIO

Todo tiene su tiempo (Ecl 3, 1-13)

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: Tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado, tiempo de matar y tiempo de curar, tiempo de destruir y tiempo de edificar, tiempo de llorar y tiempo de reir, tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar, tiempo de esparcir piedras y tiempo de juntarlas, tiempo de abrazar y tiempo de abstenerse de abrazar, tiempo de buscar y tiempo de perder, tiempo de guardar y tiempo de tirar, tiempo de rasgary tiempo de coser, tiempo de callar y tiempo de hablar, tiempo de amar y tiempo de aborrecer, tiempo de guerra, y tiempo de paz.

¿Qué provecho obtiene el que trabaja de aquello en que se afana? He visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que este alcance a comprender la obra hecha por Dios desde el principio hasta el fin.

Sé que no hay para el hombre cosa mejor que alegrarse y hacer bien en su vida, y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce de los beneficios de toda su labor.

Profundizar

El poema de Eclesiastés recoge el tema sobre los ritmos del mundo. El autor enumera veintiocho acciones opuestas que someten a ritmo la vida del hombre según una ley, unas veces de necesidad y otras de imprevisibilidad. El hombre está solamente seguro de una cosa: a una acción sucederá su opuesta, pero no es dueño del instante en que la inversión de las situaciones se realice y no domina esta alternancia que somete a ritmo el tiempo.

Así, pues, el hombre es incapaz de actuar siempre en el mismo sentido; está conducido a contradecirse sin cesar, a empezar de nuevo siempre. Las cosas tienen su tiempo; una vez transcurrido este tiempo, desaparecen y dejan lugar necesariamente a otras.

Aunque esta alternancia cuestiona toda continuidad en el esfuerzo, constituye, sin embargo, una fuente de felicidad, ya que permite liberarse de acciones pasadas y olvidar lo que ha motivado disgusto. Es posible renacer, comenzar de nuevo.

Sí, el tiempo pasa, pero esta incesante desaparición del tiempo no solo es muerte, es también nacimiento. Nos separamos dolorosamente del presente, pero esta necesidad no es puramente negativa.

Ciertamente, estamos sometidos a la universal movilidad y cada una de nuetras acciones es arrastrada por el flujo de la historia, pero el hecho de sentir esta movilidad extrema como un dolor demuestra que está hecho para una posesión eterna e inmutable de sí mismo y de las cosas.

Esto no significa que se pueda alcanzar esta posesión estable evadiéndose de la afluencia del tiempo. Por el contrario, es precisamente viviéndola como una muerte incesante y consintiéndola, la fluctuación del tiempo se transforma en el terreno del misterioso alumbramiento de un tiempo nuevo y permanente en el mismo corazón de la descomposición del tiempo presente.

El tiempo tiene, pues, finalmente un sentido, un significado que no le llega del exterior o de un más allá alienante, sino de sí mismo; al ofrecer a cada uno su condición provisional, le propone al mismo tiempo un consentimiento de la muerte que es conversión y participación en el misterio pascual.

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