Los lugares del encuentro trinitario

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La elaboración de una idea de Dios constituye el centro de las innumerables religiones que han cubierto la faz de la tierra así como el núcleo de las múltiples filosofías que no pueden prescindir de la pregunta por este vértice de la realidad. Todas estas concepciones de Dios hoy en día se nos presentan -en razón de la globalización comunicativa y cultural- en una pluralidad asombrosa, aunque también en una extraña y confusa síntesis. Como en una especie de gran panteón universal aparece una pluralidad multiforme y variable de dioses, con figuras que mutan de acuerdo a las combinaciones más extrañas. (...)

El propósito del siguiente artículo es recordar las característica de la idea cristiana de Dios y la posibilidad de percibirlo en la cosas experimentables. Nuestro punto de partida es el de la escena de Pablo en el Areópago (cf. Hech. 17, 22-34) quien, ante la vista de la abundancia de divinidades de lo atenienses, intentó anunciarles a Cristo dando nombre a la estatua del dios desconocido divisada entre otras muchas imágenes:

"En efecto, mientras me paseaba mirando los monumentos sagrados que ustedes tienen, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: 'Al dios desconocido'. Ahora, yo vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer" (23-24).

La situación es hoy en día más compleja que la de Pablo: la pluralidad religiosa es mayor, más sincrética y, además, incluye en su panteón la presencia del Dios cristiano. El Dios anunciado por los cristianos en sus diversas confesiones integra un muestrario icónico-teológico, no pudiendo ya anunciárselo como la explicitación de un dios sin nombre y sin rostro.

1. La originalidad del Dios de Jesucristo

El cristianismo tiene su propia idea de Dios, fundamentada en la confianza en una revelación del mismo Dios, comenzada con Israel y culminada en Jesucristo. En efecto, a través de una larga experiencia, el pueblo de Israel fue conformándose una idea extremadamente pura y trascendente pero también cercana y acompañante de Dios: el "Dios santísimo" es también el "Dios de Israel", el Dios de la Alianza. Se trata de un Dios único, pero también de un Dios misericoridioso, con entrañas maternales. Sin embargo, la manifestación plena de sí mismo se dio en Jesucristo. Como explica la carta a los Hebreos:

"Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quién hizo el mundo" (Heb. 1, 1-2).

Cristo es el gran revelador de Dios, puesto que es su misma Palabra eterna (cf. Jn. 1,1). En su anuncio introduce una novedad informativa: la existencia de "tres quienes" en el seno del único Dios. En efecto, Jesús habla permanentemente de su Padre (cf. Lc. 15; Jn. 14, 1-14) y anuncia también al Espíritu Santo (cf. Jn. 16, 4-15), sin dejar de afirmar su propia condición divina.

2. Pero, ¿cómo podemos pensar e imaginarnos a este Dios?

La expresión del monoteísmo trinitario no fue tarea fácil. La elaboración de conceptos apropiados para "decir" a este Dios -ni solamente uno como el de los judíos, ni mucho menos múltiple como el de las religiones circundantes- le implicó a la Iglesia un largo y controvertido proceso de varios siglos. (...).La aparentemente ingenua expresión: "un único Dios en tres personas" sintetiza gran parte de un profundo debate en el que se ponía en juego la correcta confesión del Dios cristiano. Pocos recuerdan hoy día que una palabra tan de uso común como "persona" ha tenido su matriz de nacimiento en aquella ya lejana controversia trinitaria.

Ahora bien: la formulación del dogma trinitario y los conceptos fundamentales para expresarlo lo menos incorrectamente posible fueron ya establecidos en los primeros siglos de la Iglesia. Sin desmedro de que pueda ser profundizada la teología trinitaria -y lo ha sido en los siglos recientes- para el creyente normal, el no iniciado en las sutilezas teológicas, se plantea una cuestión más inmediata, podríamos decir experiencial. Habría que plantear de este modo la cuestión: ¿cómo puedo yo pensar a Dios? Puesto que mi inteligencia está integrada a la sensibilidad, ¿cómo puedo pensar imaginativamente a este Dios revelado en Jesucristo? En otras palabras: ¿de qué manera puedo yo hacerme una idea de lo que es Dios?

Este pregunta tiene un precedente lúcido en la que se formulaba san Agustín de Hipona en su obra sobre la Trinidad en el siglo IV:

"Pero, ¿cómo amar por fe esta Trinidad desconocida? ¿Será, acaso, guiados por una idea genérica o específica, como cuando amamos al apóstol san Pablo? Ignoramos en absoluto si su rostro es como nosotros nos lo imaginamos, pero al menos sabemos qué sea un hombre. ¿Existen acaso otras muchas trinidades y conocemos algunas por experiencia, de suerte que, aplicando la regla de la analogía, según un concepto genérico o específico podemos rastrear lo que es aquella y la amamos sin conocerla por la semejanza que ofrece con algo ya conocido? (...) La cuestión estriba en saber de qué analogías y comparaciones nos servimos cuando creemos en Dios, a quien amamos sin conocerlo".

San Agustín -un buen teólogo problematizador- propuso ya la gran cuestión: ¿cómo podemos hacernos una idea de este Dios Trinidad a partir de lo que vemos y oímos? ¿Cómo podemos pensarlo con nuestra propia experiencia humana?

3. Los lugares del encuentro trinitario

a. Cristo y la Iglesia

Aún admitiendo la existencia de una plurarilad de caminos para llegar a Dios, el cristianismo sostiene que Dios mismo ha tomado la iniciativa de darse a conocer a sí mismo y a su designio de salvación para la humanidad. Como se ha dicho, en Jesucristo Dios se ha mostrado en su interioridad, de manera tal que el lugar de encuentro con Dios es primeramente la figura de Jesús. De manera prioritaria es por su mediación que se hace posible acceder al misterio del Dios: "El que me ha visto, ha visto al Padre" (Jn. 14, 9).

La Iglesia se autocomprende a sí misma como poseedora de la misión de anunciar esta imagen de Dios. En efecto, a partir del mandato de Cristo de bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (cf Mt. 28, 19), mediante sus sacramentos, su predicación de la Palabra y su misma vida, ella es signo e instrumento de la presencia del Dios trino en la existencia cotidiana de los hombres. Jesucristo, pues, es el único y gran lugar del encuentro con el misterio del Dios unitrino. La Iglesia -en su humanidad pobre y pecadora- es quien nos lo comunica en la historia. De esta manera, sólo Cristo y la Iglesia en cuanto prolongadora de su presencia hallamos el auténtico topos (lugar) del encuentro con la Trinidad.

Sin embargo, podemos legítimamente seguirnos preguntando con san Agustín: ¿hay otras trinidades que nos sirvan para imaginar y pensar al Dios trinitario? Supuesta la autocomunicación de Dios en Jesucristo y la instrumentalidad de la Iglesia para hacerlo presente: ¿nos sirven las realidades naturales y humanas para conocer mejor a este Dios que nos ha sido revelado?

La respuesta es afirmativa: toda realidad sirve de vehículo para una mejor comprensión de la Trinidad. En otras palabras, todo lo visible y audible, todo lo que conforma nuestro mundo, puede ser un lugar para el encuentro trinitario. Sin confundirlas con el único y trascendente Dios, todo las cosas y experiencias que el ser humano tiene pueden ser lugares de encuentro con la Trinidad.

b. La naturaleza como vestigio

La naturaleza -entendida como la parte de la creación que no incluye al ser humano- ha sido pensada por los teólogos como un ámbito desde el cual pensar e imaginar al Dios trino.

El espacio territorial primario del ser humano es el universo. El hombre es un ser que, de manera imprevista y simultánea, descubre tanto su ser personal como su ser en un mundo. (...). Para la cosmovisión cristiana, este mundo natural es esencialmente una creación. Es decir, su entidad depende de un Dios hacedor, quien lo puso en la existencia y quien lo continúa conservando en ella. Esto permite que el creyente pueda configurar un mapa del planeta Tierra y del universo conocido, interpretados bajo su condición de creatura. Además, en la medida en que se trate de un creyente cristiano, esta persona visualiza e interpreta la geografía como creada por el Dios de Jesucristo; por lo cual el mapa mencionado pondrá en relación la figura de este territorio natural con la del Dios creador trinitario. La tradición teológica originada en san Agustín califica a esta figura natural -particularmente a aquella no espiritual- como de vestigio trinitario, distinguiéndolo de la figura relacionada con el marco humano.

Este vestigio trinitario ha sido interpretado como tal de diversa manera. En nuestro tiempo, la comprensión de la naturaleza ha sufrido una modificación de enormes proporciones, por una doble razón. En primer lugar, por la poderosa ampliación cognoscitiva a la que la ciencia ha arribado. Nuestro conocimiento del planeta Tierra y del universo es muy superior al de siglos pasados. En segundo lugar, por la crisis ecológica que afecta al planeta en el que el ser humano habita. La perturbación y modificación de la Tierra hacen de nuestra naturaleza inmediata una naturaleza fuertemente humanizada.

En este contexto, la naturaleza sigue siendo un lugar del encuentro trinitario, por su belleza y su armonía. La naturaleza habla del Dios trinitario. Ahora bien: la actual sensibilidad ecológica subraya el equilibrio presente en los sistemas naturales. Hay un orden dinámico, en el que las diversas especies vivientes coexisten. Este orden es en sí mismo eco del eterno orden trinitario. En el seno de Dios, en efecto, "conviven" las tres Personas en la inmensidad del único ser divino. En una comunicación perfecta pero sin diluirse una persona en las otras (lo que técnicamente se ha denominado "perijóresis"), se desarrolla la eternidad de Dios. Los ecosistemas, en el orden de la creación, reflejarían esta realidad de su fuente. De allí que la naturaleza equilibrada manifiesta algo de Dios mismo. Es, en este sentido, un lugar trinitario.

c. El mundo humano como "imagen": la sociedad y la familia

Basándose en el Génesis, la primera antropología teológica delimitó al ser humano como imagen de la Trinidad. Fue el mismo san Agustín quien trazó la frontera entre el vestigio -lo no espiritual- y la imagen -el mundo humano-. Sin embargo, el teólogo de Hipona focalizó su reflexión fundamentalmente sobre el hombre invididual y, en particular, sobre su alma. En nuestro tiempo se ha puesto de relieve la dimensión relacional del hombre-imagen trinitaria: puesto que ha sido creado de manera plural, es el conjunto humano el que manifiesta más ajustadamente a la Trinidad, misterio ella misma de diversidad en la unidad .

En este sentido, la familia es una lugar de visibilización de la figura trinitaria. El ser humano nace bajo la atmósfera de una familia -con innumerables modos culturales- y normalmente desarrolla su historia personal en ella y en otra que él mismo va generando. Su vivencia familiar le ayuda a vislumbrar y comprender algo de cómo es Dios mismo. En efecto, es ya un dato aceptado que la Trinidad puede ser pensada en términos familiares. Es que Dios, misterio de la unidad de tres en el amor eterno y sin fracturas, puede ser intuido como una familia en la que el diálogo y la comunión de vida coinciden con una personalización absoluta de cada una de las personas divinas. Obviamente, como sucede con toda aplicación de una idea humana al misterio de Dios, es preciso marcar los límites de la analogía: Dios no es una familia de padre, madre e hijos; tampoco hay sucesión temporal, puesto que eternamente fueron y serán así. Sin embargo, la Trinidad Santa tiene lo fundamental del constitutivo de una familia humana: la comunión de vida en el amor y la distinción de personas sin confusión o mezcla. Esto permite que se pueda hablar de la "familia trinitaria" sin por ello convertir la imagen de Dios en una extraña congregación de dioses, al estilo de las religiones paganas. Se trata de un único Dios, con una triplicidad personal, cuyo clima de vinculación es un amor sin restricciones, por lo cual le cabe correctamente el concepto de "familia". De esta manera, en la geografía mundana el hombre se encuentra con el topos familiar, el cual ofrece una muy fecunda posibilidad de acceso a la figura trinitaria. La familia es, pues, un lugar para el encuentro trinitario. Allí es posible enriquecer nuestra mirada de Dios, misterio de la unidad en la diversidad bajo la ligazón del amor.

Más ampliamente considerado, la misma sociedad está llamada a ser un lugar de encuentro con el misterio del Dios Trinidad. En efecto, al menos en una perspectiva ideal, la sociedad igualitaria y diversificada daría fundamento a una experiencia de la sociedad divina, en donde la distinción de personas coexiste con una igualdad de dignidad de las tres. De allí que haya sido dicho que la Trinidad es el "programa social" por excelencia . Una convivencia social que acentúe las distancias entre ricos y pobres, en las que algunos "sean" más que otros en razón de su poderío económico o político, en síntesis, una sociedad no ecuánime, opacaría el llamado a una igualdad de dignidad personal que la unidad de las tres Personas reclama. Asimismo, una organización social masificante, colectivista, en la que la totalidad tenga la primacía por sobre los individuos, tampoco permitiría transparentar al misterio de un Dios en el que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son absolutamente distintos entre sí, aún compartiendo el mismo y único ser divino. Es claro que la concreción de este "modelo trinitario" no resulta simple, como si se tratase de la aplicación de un principio matemático. Tal es así que en las últimas décadas han aparecido dos corrientes antagónicas en su visión socio-política que apelan al fundamento trinitario: una de corte más socializante y otra neocapitalista . Esta disparidad en el abajamiento práctico del principio trinitario no destruye su validez, sino que recuerda la necesidad de otro tipo de análisis -sociológico, ético, histórico, etc.- que lo complemente. De todos modos, permanece válida la afirmación de que la Trinidad es inspiradora para la sociedad humana: como su fuente, como su modelo y como su final. De este modo, el topos social es también un lugar para el encuentro trinitario.

Pbro. Dr. Lucio Florio

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