ESPIRITUALIDAD TRINITARIA DEL PADRE MÉNDEZ
I. EXPERIENCIA ORIGINARIA DE UNA ESPIRITUALIDAD PROPIA
1. Contemplación de Jesucristo Redentor
2. La Cruz: el extremo del Amor trinitario
3. Identificación y comunión con Jesús de Nazaret
4. Jesús que viene a liberar a las ovejas perdidas de Israel
5. Seguir la conducta de nuestro Redentor1. La redención es perdón
2. Se despojó de su rango para elevarnos a nosotros
3. Por Él fuimos rescatados para la libertad
4. Pagó en lugar nuestro para que alcancemos la plenitud
5. La liberación nos hace verdaderamente libresIII. UNA ESPIRITUALIDAD PARA LA COMUNIÓN
1. El prójimo es capaz de la felicidad eterna
2. Preferencia de Dios por los privados de libertad
3. La vida comunitaria: icono de la Trinidad
4. Conservar sin interrupción la presencia de Dios
5. Redención y EucaristíaIV. EN CONTINUIDAD CON EL CARISMA REDENTOR DE SAN JUAN DE MATA
1. Más allá de meras coincidencias
2. Agregación a la Orden de la Redención de cautivos
3. A semejanza de los antiguos trinitarios
4. La garra profética del carisma trinitario
5. Denuncia la opresión y anuncia la liberaciónV. SÍNTESIS: UNA ESPIRITUALIDAD PARA TODOS LOS TIEMPOS
- Abrasado en el fuego del Divino Redentor
- Presencia permanente del Misterio de Dios
- La espiritualidad es un modo de vivir
____________________________________________________________________
I. EXPERIENCIA ORIGINARIA DE UNA ESPIRITUALIDAD PROPIA
1. Contemplación de Jesucristo RedentorEn la contemplación de Cristo Crucificado en 1876, durante los Ejercicios Espirituales que realiza en la cripta de la Encarnación, el padre Méndez experimenta a Cristo Redentor visto en su totalidad. Ve a Cristo enviado del Padre para todas las criaturas a las que Dios ama; contempla al Hijo, reflejo de la Misericordia del Padre, que llega hasta el extremo del Amor entregándonos a su Hijo, y como cumple obedientemente la voluntad del Padre, encarnándose, viviendo en plenitud su dignidad de Hijo, anunciando la Buena Nueva de la Misericordia de Dios y la liberación de todos sus hijos a los que ama entrañablemente. Contempla a Jesús, Hijo de Dios encarnado, que pasa haciendo el bien a todos, comenzando por los alejados, los pobres y pecadores, oprimidos y marginados, y llevando su amor hasta el extremo de la cruz. Así, fascinado por Cristo que amó hasta el extremo, ve en el Redentor la concreción histórica del amor de Dios.
En esta visión el padre Méndez se conmueve, pues lo que está contemplando es un corazón vivo que late hoy con la misma pasión que en el gólgota: Dios padece hoy porque muchas de sus criaturas no le conocen y pierden su vida, ajenas al misterio de su propia salvación. Esta experiencia es el eje de la espiritualidad que nos transmite, y la que va a marcar toda su vida, dedicada ya por entero a dar gloria a Dios Trinidad dando vida y libertad a quienes la han perdido o la tienen amenazada. A esta contemplación se remite con frecuencia para leer e interpretar la voluntad de Dios en la realidad social que le toca vivir.
Dios le dice al hombre que le ama, que sus pecados ya no cuentan, que va a liberarle de cuanto le está apartando de su Amor, de su Vida, de su verdadera felicidad. Esto nos lo dice Dios en Jesucristo, quien ya con su modo de vivir está redimiendo, pues la redención es entrega total; por eso es la cruz su máxima expresión. La cruz es el resultado de una vida de entrega, que no se retracta del amor aunque sea amenazada la propia vida.
2. La Cruz: el extremo del Amor trinitario
Hay una razón por la que Cristo está en la cruz, con los brazos extendidos, como queriendo abrazar a la humanidad a la que ha sido enviado desde el seno de la Trinidad: que los hombres todos conozcan a Dios, que es Amor, y sepan que la felicidad a la que son llamados es dejarse amar por Él.
Todos somos llamados a esta felicidad, pero muchos lo ignoran, y otros no lo aceptan. Éstos porque no aceptan un Dios cercano que ama con preferencia a los más indefensos y ofrece a todos su salvación. Aquéllos porque son pobres y necesitados, y por esto mismo son excluidos, utilizados y oprimidos.El padre Méndez siente el dolor de Dios especialmente cuando contempla tantos corazones víctimas de la pobreza que padecen. La causa es que, por ser pobres y estar necesitados, la sociedad satisfecha de sí misma, de su riqueza y de su progreso material, incluso satisfecha de su piedad, no les ha abierto ninguna puerta cuando lo han necesitado. Por eso han caído en mayor pobreza, material y espiritual, en el vicio y la inmoralidad, y en una terrible opresión que les aleja más y más de su dignidad de hijos.
Y entonces siente un impulso en su interior que le lleva a decirle a Dios: “Yo te buscaré corazones”. Y concibe la idea de formar una familia religiosa que se dedique a rescatar, redimir y liberar a las criaturas de Dios que han caído en las redes del mal o están en peligro de caer (Cf. Francisco Méndez, Cartas Familiares, 289).
3. Identificación y comunión con Jesús de Nazaret.
La experiencia de Cristo crucificado, que salva redimiendo y liberando, le conduce a la plena identificación con Jesús de Nazaret, a comulgar con sus sentimientos, a sentir su llamada a anunciar la Buena Noticia a los hombres y mujeres de esta sociedad del siglo XIX que padece las mismas esclavitudes que Jesús vino a liberar. Desde esta sintonía con Jesús de Nazaret siente que su vida ya sólo puede consistir en esto: dejarle realizar a través de Él sus mismas obras.
Se siente tan unido a Jesús, que vive en plena comunión con Él. Y comprende que lo que tiene que hacer es dejarse llevar por el Espíritu de Cristo Resucitado para que sea Él quien realice en su persona y en su vida el Misterio que contempla. Esta experiencia se traduce en vivir a Jesús en todo lo que hace: Caminar de continuo y hacer lo que Él hizo en Israel, hablar como Jesús habló, pensar como Jesús pensaba y piensa, orar como Jesús oró, y suspirar como Jesús suspiraba por la liberación de quienes padecen esclavitud (Cf. Directorio Primitivo,10).
Seguir a Cristo es imitarle en todo, siendo como una prolongación suya, pues sólo en perfecta comunión con Él será como realmente pueda llevar la salvación de Dios a aquéllos que más lo necesitan.
4. Jesús que viene a liberar a las ovejas perdidas de Israel
Tras identificarse con Cristo en su totalidad y sentir que su vida sólo puede ser ya una prolongación de la de Jesús de Nazaret, hay unos rasgos específicos del Evangelio que para él condensan al “Cristo Total” que ha contemplado desde la Redención que revela la Cruz.
El Padre Méndez comprende la obra del Redentor desde la imagen de Jesús Buen Pastor, imagen bíblica que revela de forma categórica el Amor incondicional de Dios Trinidad y expresa su misión trinitaria: “continuar la obra del Redentor, buscando las ovejas que perecieron de la casa de Israel, sacándolas de entre las garras del demonio o librándolas de perecer cuando ciegas no ven el peligro o están a punto de caer en él” (Directorio Primitivo,11-12).
El amor de Dios por las criaturas todas tiene una confirmación explícita en la preferencia por las más débiles, “las ovejas descarriadas de Israel”: son los últimos de la sociedad, los que están más en peligro y tienen menos oportunidades; son los primeros a los que hay que ayudar, porque es la manera más clara de afirmar el amor de Dios a todos. Y dentro de los últimos, especial atención requieren los que son considerados pecadores, pues a estos se les culpa de su situación y por eso son marginados.
Esta situación requiere una lectura inteligente de las condiciones que padecen los más débiles: debemos considerar cuánto trabaja el enemigo por aprisionar a las criaturas más indefensas, y animarnos a rescatarlas, ya que Dios nos envió a librar de las redes del mal a tantas desgraciadas cautivas, y a trabajar por ponerlas en el camino de su propia liberación. Pero también quienes están en peligro o pueden estarlo han de recibir la Buena Noticia de la Liberación de Jesús, pues por ignorarla, por ser débiles, y no acogerlas cuando se abren paso en la vida, podrían llegar a extraviarse y caer en las redes del mal. Muchas veces llegan a caer porque cuando aún no habían caído se les cerraron todas las puertas (Cf. Directorio primitivo, 225).
La conducta de Jesús Buen Pastor nos muestra la manera de llevar a cabo la redención y liberación, misión a la que el Padre envió al Hijo y ahora envía al padre Méndez infundiéndole su Espíritu y llevándole a sentir el Amor del Padre, la Pasión del Hijo, la Fuerza del Espíritu. Los demás pasajes evangélicos que expresan su espiritualidad los lee desde la perspectiva del amor incondicional de Dios que lleva a Jesús a suspirar por la liberación de “las ovejas descarriadas de Israel”.
5. Seguir la conducta de nuestro Redentor
Como Jesús hace con nosotros, así debemos hacer nosotros con los demás: debemos perdonar siempre y buscar con empeño que le conozcan y le amen, que sepan que Él nos perdona y nos libera. Debemos mirar a toda criatura con compasión: a tantas que están prisioneras, y a tantas otras que corren peligros constantes, a quienes pierden su vida sin saber que tienen una misión en la historia. “Debemos buscarlas como el avaro busca el oro, como el sediento el agua, yendo a donde estén, y seducir a aquellos corazones con amor, para llevarlos a su Redentor” (Directorio Primitivo, 16).
“Sigamos la conducta de nuestro Redentor, que nunca nos niega el perdón... Tener siempre presente lo mucho que sufrió y padeció nuestro divino redentor, hasta morir en una cruz para redimirnos y salvarnos... recordemos la misión de redentores que se nos ha dado, a semejanza del Buen Pastor, buscando la oveja descarriada para volverla al redil” (Directorio primitivo, 190.224).
A Dios sólo podemos acceder por Cristo, en quien hemos conocido la verdad, por quien se nos ha revelado la plenitud del Amor. Es el misterio salvífico del amor eterno e infinito de Dios Padre, revelado y comunicado a los hombres mediante la obra de la Redención realizada en el Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo, y prolongada en la Historia por la Resurrección de Jesucristo y la Vida nueva que da el Espíritu a los que renacen con Cristo.
II. REDENCIÓN Y LIBERACIÓN
1. La redención es perdón
Las imágenes bíblicas a través de las cuales el padre Méndez nos habla de la Redención, son tomadas en parte de la época, pero tienen en el padre Méndez una interpretación que supera la teología de su tiempo. No es una interpretación que elabora desde la teología, sino que emana de su espiritualidad trinitaria y la expresa sencillamente con su vida y con sus obras.
El padre Méndez revela con toda su hondura el aspecto liberador de la Redención de Cristo en un tiempo en que las imágenes y representaciones que la piedad, la liturgia y la teología empleaban para expresar la Redención, ocultaban el aspecto verdaderamente liberador de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.
Cristo nos redimió en la cruz, borró con su muerte nuestros pecados y ofreció su propia vida como sacrificio para la redención de todos. La Redención es perdón, pero para el padre Méndez esto no deja pasiva a la criatura, sino que la pone en el camino de plenitud a la que es llamada, haciéndola protagonista de la salvación que se le ofrece. Así recuperando su libertad y superándose a sí misma, hasta alcanzar la altura de su propia dignidad: hija de Dios amada incondicionalmente.
2. Se despojó de su rango para elevarnos a nosotros
El “abajamiento” de Dios supuso un escándalo para muchos; con frecuencia nos sigue perturbando. La kénosis de Jesucristo, que “se despojó de su rango pasando por uno de tantos”, es clave para comprender la espiritualidad trinitaria del padre Méndez. Él mismo interpreta la kénosis como algo esencial en la Redención que trae Cristo y la liberación que comporta esa Redención. Lo recoge en las constituciones primitivas y aparece en muchas de las exhortaciones que hace a las trinitarias en sus Cartas familiares.
La kénosis en la vida del padre Méndez comienza con la disposición a ponerse en el lugar de quien dice no a Dios. Es lo que se conoce por “sustitución vicaria”: ponerse en lugar de otro, decir sí donde otros dicen no, abrir una puerta donde todas han sido cerradas. Desde aquí interpreta su vocación sacerdotal, la vida de seguimiento a Cristo, y su vocación trinitaria: Comprende que el Señor le llama a seguirle totalmente por el camino del sacerdocio cuando un amigo suyo abandona el seminario por miedo a causa de la persecución que padece la Iglesia en la segunda mitad del sigo XIX.
Para seguir a Cristo tiene que despojarse de su situación social, dignidad, posición, vida acomodada, futuro fácil y seguro, para acercarse a quienes no gozan de estos privilegios y servir a sus hermanos como uno más entre los pobres, pasando por sus mismas necesidades y amándolos hasta el extremo de arriesgar su vida para salvar a los que están en peligro.
El Carisma redentor significa “ir a las fronteras”, dejando el propio hogar, protegido y seguro, para ir a buscar a las víctimas de la esclavitud allí donde se genera la pobreza y la cautividad, donde están en peligro las criaturas más indefensas. Y hay que estar dispuestos a ofrecer la propia vida, para levantar a quienes han caído, muchas veces por no tener lo necesario, y tener que llegar a vender su propio cuerpo y su dignidad para tener el pan de cada día.
Pero la Kénosis culmina en la muerte: “se rebajó hasta someterse a la muerte, y una muerte en cruz”. El padre Méndez también entendió la muerte de Jesús como sacrificio, pero entendió el sacrificio como entrega total a Dios y consecuencia de Amar sin condiciones. De esta manera interpretó toda la vida de Jesús, y desde aquí ilumina el aspecto liberador de la kénosis: en la medida en que seguimos el camino de obediencia incondicional al Padre, somos liberados; si el Amor impregna toda nuestra vida, sin renunciar a él, sean cuales sean las consecuencias, somos realmente libres.
3. Por Él fuimos rescatados para la libertad
La forma de concebir la redención en el siglo XIX está relacionada con la antigua esclavitud. Para lograr la libertad de un esclavo había que pagar un rescate. Así se pasaba de la servidumbre a la libertad. Pero, entendiéndolo de esta manera, el hombre no participa más que pasivamente: el dueño del esclavo recibe del pagador el precio del rescate, sin que el esclavo mismo ejerza ningún papel. Una redención así no deja huella o experiencia en nuestra vida. Sin embargo, la libertad de Jesús frente a toda manipulación, e incluso frente a la muerte superada por él en la resurrección, nos permite ser libres y comportarnos de hecho con una libertad que nos humaniza.
Es así como el Padre Méndez interpretó “el rescate” de Jesús, y así lo concreta en el carisma liberador de la nueva fundación trinitaria. Por esta interpretación recibió numerosas críticas, desde dentro y desde fuera de la Iglesia. Se pone en cuestión por tener que ir a las fronteras poniendo en peligro “el decoro de la vida religiosa”, por conceder total protagonismo en su propia liberación a la juventud que había que “rescatar”, y por comprender la liberación integral de la persona, desde el aspecto material hasta el aspecto espiritual, pasando por la salud del cuerpo, y la salud psicológica.
La liberación alcanza a todas las dimensiones de la persona: comida, vestido y cama, educación y cultura, aprender un oficio y desempeñar un trabajo, gozar de un hogar familiar, de la amistad y la fraternidad, aprender a orar y participar en la Eucaristía. La liberación así entendida, sí deja huella en la vida de la persona liberada, pues la hace consciente de su propia dignidad para que viva según ella, y la hace protagonista de su propia liberación. Desde esta experiencia se la invita a formar parte de la construcción del nuevo Reino inaugurado por Jesús Redentor que libera.
4. Pagó en lugar nuestro para que alcancemos la plenitud
En una visión jurídica, se empleaban también categorías tomadas del derecho romano para explicar la salvación. Se trata de “la satisfacción”: por el pecado, el hombre rompe el orden establecido por Dios, a la vez que le ofende. La ofensa resulta ser infinita porque la dignidad de la persona ofendida es infinita. El pago deberá ser también infinito y por ello nada puede hacer el hombre. Sin embargo, Dios se hace hombre y así repara a Dios infinitamente. Nuevamente la imagen no refleja en absoluto al Dios de Jesús que perdona sin condiciones y busca por encima de todo el bien de la criatura. Es cierto que el hombre no se encuentra plenamente hecho, pero siguiendo el camino de Jesús, se humaniza. La búsqueda incansable de nuestra definitiva identidad (que implica a Dios) no es un sinsentido, porque el hombre tiene posibilidad de llegar a ser lo que debe ser.
Para el padre Méndez, la radical esperanza en el futuro de las personas queda manifiesta en la absoluta confianza en el porvenir de las criaturas, característica que ha de ponerse siempre por encima de cualquier negación de la esperanza. “No importa lo que han sido, sino lo que pueden llegar a ser”. Con este lema Madre Mariana expresa perfectamente el aspecto liberador del rescate que Jesús paga por todos sus hermanos. La misma fundadora recuerda a las trinitarias un gesto que realizó el padre Méndez para expresarles de forma plástica, la radical esperanza en el futuro que brota de la Redención. Esta dimensión liberadora del Rescate de Jesús queda manifiesta en las posibilidades de desarrollo y superación que tiene toda criatura por muy bajo que haya caído:
“Un día nos trajo una rama de geranio completamente destrozada que había encontrado en la calle, y nos hizo comprender que así como aquella rama, que estaba marchita y despreciada por los transeúntes en medio de la calle si la poníamos en un tiesto y la cuidábamos con esmero reviviría, así también las hermanas trinitarias deberíamos comprender el esmero, la delicadeza y el cuidado para levantar y hacer revivir a las jóvenes caídas y marchitas abandonadas de todos y condenada por todos. La rama se colocó en un tiesto y se comenzó a cultivar; pasado poco tiempo produjo lozanas flores” (Mariana Allsopp, Historia del Instituto 5-6).
Dios se nos revela en Jesús y manifiesta su voluntad de hacernos llegar a nuestra plenitud. Jesús es el primero de todos los que, caminando en una vida de servicio a los demás, superan, por la acción de Dios, la limitación humana. Es a la luz de la resurrección como toda la obra de Jesús debe ser comprendida, deduciendo de ahí su significado liberador para el resto de las criaturas.
5. La liberación nos hace verdaderamente libres
La liberación es no estar sometido a ningún poder opresor, es ser libre para celebrar la vida, cuidarla cuando está amenazada o maltratada y progresar en el camino del amor.
Toda criatura humana lleva dentro de sí un germen vital con grandes posibilidades, y su destino es ser libre y feliz. Este principio fundamental es el eje en torno al cual gira la espiritualidad trinitaria tal como nos la ha transmitido el padre Méndez. El camino recorrido es el punto de partida, pero lo que importa es el camino que se puede hacer a partir de tomar conciencia de la propia dignidad. Este itinerario se concreta en una dinámica: darles a los excluidos la oportunidad que la sociedad les niega.Todas las obras trinitarias serán expresión dinámica de una espiritualidad para la libertad: desde la creación de verdaderos hogares familiares en los que se acoge, se da cobijo, pan y vestido, trabajo y cultura, y se les anuncia la Buena Noticia de Jesús, y el arte de ser felices que Él nos enseñó con sus Bienaventuranzas, hasta las grandes empresas, fábricas de chocolate, jabón, imprentas o bordados: son medios para la liberación. Y todo tiene un fin: revelar el inmenso amor de Dios Padre a todas sus criaturas, manifestado en Jesús, el Cristo, y actualizado permanentemente por la fuerza del Espíritu Santo.
Por eso, la liberación comienza buscando a quien se ha perdido, y continúa perdonando y acogiendo sin condiciones, para consolar al desconsolado, animar al desanimado, orientar a quien está desorientado; la liberación culmina en la vida de familia, donde se vive y recrea el amor trinitario. La espiritualidad trinitaria nos hace libres para amar. En esta libertad la criatura es la protagonista principal, pues no puede haber liberación si ella no participa en la misma, si no cambia de vida, si no se ama, si no se decide a dar vida y construir, desarrollando todas sus posibilidades y poniéndose al servicio de la humanidad.
III. UNA ESPIRITUALIDAD PARA LA COMUNIÓN1. El prójimo es capaz de la felicidad eterna
Toda la vida del padre Méndez está referida a Dios, Uno y Trino. En Él descubre su razón de ser y su modo de vivir: “Nuestro fin consiste en alabar a Dios permanentemente, esperarlo todo de Él, reverenciarlo, servirle, amarle, teniendo siempre presente este misterio, haciéndolo todo en su nombre, refiriendo todo lo que hacemos a Él y al amor que nos tiene y le tenemos (Directorio primitivo, 186-87).
Con su vida nos habla sencillamente del Dios que ha experimentado, un Dios que ha creado a sus hijos a su imagen y semejanza; que ama sin condiciones a todas sus criaturas, que cree en sus hijos y está con ellos, y los quiere libres y felices. “El prójimo es imagen de Dios, capaz de la felicidad eterna” (Directorio Primitivo,194). Esta felicidad eterna sólo se encuentra en Dios.
Consecuencia de esta espiritualidad será ser reflejo en la tierra de la común unidad que existe en el seno de Dios, Uno y Trino, manifestando el espíritu de comunión en todo lo que hacemos. La espiritualidad trinitaria revela en la vida cotidiana la fuente de donde brota. Es la experiencia de Dios Trinidad, el Dios cuya pasión por la vida de los hombres le llevó a entregarnos a su Hijo, para revelarnos su infinito amor, y para revelarnos la dignidad humana: imagen de Dios capaz de la felicidad eterna, capaz, en definitiva, de Dios (Padre Méndez, Cartas familiares, 370).
2. Preferencia de Dios por los privados de libertad
Dios confía infinitamente en el germen del bien que toda criatura suya lleva dentro, en su capacidad de levantarse de lo más bajo, de renacer a una vida nueva. Dios cree en el hombre, y se pone de su parte, redimiéndole y salvándole de todo lo que se interpone entre el Creador y la criatura. Por eso se inclina con escandalosa preferencia hacia los pobres y pecadores, hacia lo último, lo despreciado por el mundo, pues estas condiciones amenazan la libertad para amar.
El ser humano, a quien Dios ama incondicionalmente, anda sometido a fuerzas contrarias que le limitan le prueban y le condicionan. Existen también fuerzas políticas, sociales y estructurales, que le someten. Es el pecado de la humanidad por el que unos hermanos esclavizan a otros, los oprimen y maltratan, hasta dejar morir en la miseria a los más débiles. Existen situaciones de pobreza y explotación que atentan constantemente contra la dignidad del ser humano.
Cuando la humanidad cae en redes que oprimen y degradan su propia naturaleza, Dios sale a su encuentro. Aunque el ser humano se caiga o se pierda, Dios, como un Padre, sale siempre a buscarlo. Una y otra vez le llama, le conduce, le levanta y anima, le libera y fortalece, le exhorta y le instruye, acompañándole siempre en el camino de su propia salvación. Por eso no cesa de enviar profetas que son mensajeros de una Buena Noticia para los pobres y cautivos, y son heraldos de Jesucristo, testigos de su liberación, instrumentos para su salvación (Padre Méndez, Cartas Familiares, 218-19).
3. La vida comunitaria: icono de la Trinidad
Lo que Cristo Redentor transparenta en definitiva de Dios Trinidad es el Amor, aspecto central del Misterio de Dios que el Padre Méndez contempla en Cristo crucificado. Desde la experiencia de Dios Amor concibe la misión trinitaria. “Este es pues vuestro llamamiento, esta es la idea fija que habéis de tener en el fondo de vuestro corazón: el Amor” (Padre Méndez, Cartas Familiares, 219).
La contemplación de Dios Amor, genera fraternidad y convoca en comunidad. El estilo de vida que emana de esta espiritualidad se define por la capacidad de reproducir en comunidad, en familia, las relaciones de amor que se dan en las divinas personas.
“¿Cómo entiendo yo que debe ser una comunidad religiosa? Una comunidad religiosa debe ser un cielo anticipado. Pero ¿qué se necesita para esto? Hacer lo que en el cielo se hace. No os asustéis pensando que os voy a pedir cosas imposibles, ni penséis ofendo a Dios comparándoos con Él... Leed las Sagradas Escrituras y veréis que el mismo Dios nos lo dice muchas veces. Una comunidad ha de parecerse al cielo ¿Qué ha de hacer una comunidad para ser a semejanza del Cielo? Hacer lo que Dios hace: Amar, sí, amar. En el amor está todo. Así nos lo mandó nuestro Redentor... Esto es lo que debemos hacer para que una comunidad religiosa sea el retrato del cielo” (Padre Méndez, CF 252ss.).
Reproduciendo en fraternidad la vida y relaciones que se dan entre las divinas personas, la comunidad religiosa será prolongación en la tierra de la Comunidad Trinitaria que tenemos como modelo. Así, seremos iconos de Dios en la tierra reviviendo en comunidad las actitudes que contemplamos La Trinidad: amor incondicional, entrega gratuita, acogida, receptividad, unidad en la diversidad. Al mismo tiempo seremos una puerta que haga posible el acceso a Dios de todas aquellas criaturas alejadas del Reino de Dios o en peligro de alejarse.
4. Conservar sin interrupción la presencia de Dios
No es posible que la Comunidad sea realmente “un cielo anticipado”, que haga lo que Dios hace: Amar, si Dios no es su Centro, si Él no está presente:
“Si realmente aspiras al Amor, conserva siempre y sin interrupción la presencia de Dios... Considérate en Dios como un pez en el agua, o una esponja en el mar, rodeada de la inmensidad por todas partes, o bien contemplando a Dios en ti, y como íntimamente presente a tu alma. Y considera a Dios no meramente presente, sino como si todo fuese ojos, considerándote a ti y a todas tus cosas; todo amor, todo bondad y liberalidad en hacerte el bien, conservarte, guiarte, y de tal modo vigilante en tu bien, como si ninguna otra cosa tuviese que hacer (Directorio Primitivo, 185).
La espiritualidad trinitaria es, en definitiva, vivir en íntima relación con el Dios que nos ha consagrado, que nos ama, nos llama y nos envía. Y nos convoca en comunión fraterna con toda la familia humana. Es el Dios Padre Bueno, con entrañas maternales; el Dios Hermano, al que nos unen vínculos de fraternidad; el Dios Amigo del alma, Maestro interior, Consolador íntimo al que nos une verdadera amistad.
“Señor Dios mío: estoy en ti como pez en el agua: lávame; estoy en ti como las aves en el aire: susténtame; estoy en ti como el niño en el seno materno: Guárdame; estoy en ti como la pupila en el ojo: defiéndeme; estoy en ti como un carbón apagado en el fuego: enciéndeme. Pero Tú también Dios mío estás en mí; estás en mí como maestro en tu escuela: enséñame; como médico en un hospital: sáname; como sol en el cielo: ilumíname; como Dios en su templo: santifícame; para que te conozca y ame más perfectamente, para que más sincera y cuidadosamente te siga” (Ibidem.).
Esta presencia de Dios se va a traducir en una perfecta Comunión con el prójimo. Pues quien contempla a Dios, que es todo Amor, sólo encuentra razones para amar: “¿Quién habrá que no ame sinceramente a su prójimo, mandando y preceptuando esto el Salvador tan expresamente: Este es mi precepto, que os améis unos a otros? ¿Quién no les procurará toda clase de bienes, siendo esta una preciosísima prueba de ser discípulo de Cristo?: En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros. ¿Quién no les procurará todo bien mirando a Cristo como hecho con su persona misma lo que hacemos hasta con los más pequeñuelos? El que no ama a su prójimo a quien está viendo ¿cómo podrá amar a Dios a quien no ve? (Directorio primitivo, 201-202).
5. Redención y Eucaristía
Al consagrarnos especialmente a la Santísima Trinidad, nos comprometemos a vivir con radicalidad el Misterio de Dios. Esto significa que nuestro culto a Dios ha de desplegarse en la vida de Comunión; esta Comunión es la que nos lanza a la misión redentora y liberadora. Desde aquí, espiritualidad y Misión vienen a ser las dos caras de una misma realidad. La Misión brota de la espiritualidad y acaba en la misma.
Nuestro Dios no es un Dios solitario ni un Dios para sí mismo: es un Dios familia y un Dios para los demás. Es Dios Amor porque es Padre, Hermano, Amigo. Este Dios se ha comunicado haciéndonos participar de su misma Vida. Esto es lo que nos ha revelado Jesús de Nazaret, el Cristo. Y todo cristiano está llamado a reflejar en su hacer y en su ser la misma vida de Dios con todos nuestros hermanos allí donde estén. Por eso en la Eucaristía se condensa el Misterio trinitario.
La Redención alcanza su cima en la Comunión de la Eucaristía. Ambas realidades son una manifestación del extremo del amor, están en el origen del carisma trinitario, y son el fundamento de su vida y Misión. El Padre Méndez entiende la Eucaristía, y así la vive, como la máxima expresión del Amor incondicional de Dios, la meta de la Redención. Para él la Eucaristía es el fin de la Misión.
Se trata de anunciar la liberación llevada a su plenitud en el perdón de Dios crucificado, y extender la Eucaristía a toda realidad cotidiana, integrando en los primeros lugares de la Mesa del Reino a los que la sociedad excluye. La liberación tiene como finalidad sentar a la mesa del Reino a todos los excluidos. Por eso, el mundo de los excluidos es el lugar privilegiado para dar gloria y culto a Dios.
La Eucaristía es el máximo sacramento de la vida trinitaria, la gran “parábola del cielo”, el signo más claro del Reino que Jesús anunció. Los pobres y los pecadores pueden sentarse los primeros en el Banquete del Reino; los cautivos son libres; los marginados van por delante en el Camino de la Vida.
IV. EN CONTINUIDAD CON EL CARISMA REDENTOR DE SAN JUAN DE MATA
1. Más allá de meras coincidencias
“La eterna Providencia de Dios, que rige y gobierna los destinos del mundo, envía de tiempo en tiempo espíritus selectos, almas purificadoras que, más que criaturas humanas, parecen la reencarnación de aquel Redentor sublime a quien también la Providencia envió a la tierra para la salvación de las almas. Uno de esos seres escogidos fue ciertamente Don Francisco de Asís Méndez Casariego, sacerdote ejemplar... A quien Dios eligió para propagar y actualizar en el siglo XIX el Carisma trinitario redentor que en el siglo XII había inaugurado en la historia de la Iglesia la Orden de la Santísima Trinidad... La nueva fundación se llevó a cabo el día dos de febrero del año 1885, coincidiendo esta fecha con la misma que San Juan de Mata y San Félix de Valois habían elegido para formar la Orden de Redención de cautivos, bajo la protección de la Augusta Trinidad el año 1198, habiéndoseles aparecido un ángel vestido de blanco con una cruz en el pecho”. (Mariana Allsopp, Historia del Instituto, 1.26).Las continuas referencias a la Orden primitiva, las alusiones a contenidos del carisma redentor y a los santos fundadores, san Juan de Mata y san Félix de Valois, no son simples coincidencias; tampoco responden únicamente al cumplimiento de una norma eclesial (los nuevos institutos debían adherirse a una Orden ya existente) sino que responden al plan de Dios, según el padre Méndez interpreta, creyendo que de hecho su misión es continuar y ampliar el carisma redentor, actualizándolo en un tiempo y lugar nuevo: “Dios Nuestro Señor, a pesar de nuestra pequeñez y flaqueza, nos ha elegido para ampliar y perpetuar la obra empezada por aquellos santos tan grandes, San Juan de Mata y San Félix de Valois” (Padre Méndez, Cartas familiares, 604-605).
En un escrito, anónimo, que se publicó con motivo del primer aniversario de la muerte del padre Méndez, se pone en boca del fundador, el profundo sentido de la fundación que brota de su espiritualidad trinitaria y que está en continuidad con la Orden, a la que va a enriquecer. Se trata de actualizar el Carisma Redentor de San Juan de Mata en un tiempo nuevo y en una parcela concreta de la sociedad.
“Señor, Tú que a redimirnosdescendiste a la tierra,Tú que das cual pastor buenola vida por tus ovejas,Tú que las buscas y sacasde las peligrosas sendasy al redil sobre tus hombrosamante y tierno las llevas:Mira este redil cristianoque tantos lobos acechany en las almas que son tuyas clavan sus garras sangrientas.Redímelas Jesús dulce que la sangre de tus venasderramaste generoso dando tu vida por ellas.
No están, Señor entre infieles que de tu nombre blasfeman,ni hay que salir a buscarlas fuera de cristianas tierras.Viven, mejor dicho, mueren en estas ciudades nuestrasdonde tu fe se predica y donde tu amor impera. (L.L.C., 1925).El Padre Méndez contempla, desde la perspectiva de la Redención, una realidad compleja que está llena de engaños en los que caen las jóvenes más débiles. La mayoría de las veces es por ser pobres y mujeres. No había quien las acogiera y orientara cuando buscaban medios para sobrevivir o para superarse; muchas veces pidieron ayuda y no se la dieron; encontraron todas las puertas cerradas, y no conocieron otra manera de vivir que venderse. Hay que levantarlas cuando han caído; y hay que ofrecerles caminos de recuperación de su propia dignidad, que pasa por saberse perdonadas, y amadas con preferencia. Después tienen que sentir que han sido creadas para amar y para hacer fraternidad, y construir ellas también el nuevo Reino.
Así como los trinitarios iban a tierras lejanas a librar lo cautivos por ser cristianos, encarnando así a Cristo Redentor, hay que ir ahora a los nuevos focos de esclavitud que se generan en un mundo que se dice cristiano. Son los nuevos cautivos, que están muy cerca de nosotros, y que necesitan también un rescate para liberarlos.
2. Agregación a la Orden de Redención de Cautivos
La primera determinación fue poner bajo la advocación de la Santísima Trinidad la obra; las casas del Instituto se llamarán “Asilos de la Santísima Trinidad”, y las que las habitan y dirigen, “Hermanas Trinitarias”; las iglesias y capillas del Instituto estarán bajo la advocación del Santísima Trinidad, titular del Instituto, debiendo estar en el altar mayor un cuadro que represente este misterio. Las reglas que rigen el Instituto, están basadas en la primitiva Orden de la Santísima Trinidad; se celebrará con gran esplendor la fiesta de nuestra titular; también los días de San Juan de Mata y San Félix de Valois serán de gran solemnidad. Distintivo de la trinitaria ha de ser la incesante acción de gracias a la Santísima Trinidad; el rezo del rosario, y llevar el escudo de la orden, la cruz trinitaria azul y roja, la cual recibimos del cielo por medio de san Juan de Mata y San Félix de Valois (Cf. Constituciones primitivas, 1901; Directorio Primitivo, Mariana Allsopp, Historia del Instituto).
La integración de elementos expresivos pertenecientes a la estructura de la Orden tienen un fundamento teológico del que emana toda su espiritualidad. El nuevo Instituto tiene la Misión de dar savia nueva a la Orden, para rejuvenecerla y darle nueva vida, una vida que esté acorde con el tiempo concreto que se vive. Por eso han de perpetuar el carisma Redentor que surgió en el siglo XII, prolongándolo y ampliándolo en la realidad concreta de este nuevo tiempo del Espíritu en el que las esclavitudes tienen nuevos rostros, y son necesarias nuevas formas de redención.
Así se reconoce en el decreto de agregación a la Orden. En este documento se afirma que el lema que da identidad a la Orden: Gloria a la Trinidad y a los cautivos libertad, se logra con su propagación, haciendo llegar así a todos los rincones de la tierra su fin y razón de ser. “El nuevo Instituto constituye a este fin, pues de corazón, palabra y obra constantemente alaba a Dios Uno y Trino, atiende a quienes están en peligro de perder su libertad y redime a quienes la han perdido. Pertenece pues a la Orden ya que de su espíritu y misión participa” (Decreto de agregación a la Orden de la Santísima Trinidad, 20 de abril de 1904).
3. A semejanza de los antiguos trinitarios
La Misión específica de la nueva fundación es salvar a las jóvenes desamparadas víctimas de la prostitución y de la trata de blancas, rescatándolas de esa situación indigna y esclavizante y rehabilitándolas en su realidad humana y cristiana. Con este fin las hermanas trinitarias han de dejar sus casas e ir a las fronteras de la ciudad, allí donde se inicia el círculo fatal de la esclavitud y de la explotación (cárceles y estaciones) y allí donde yacen las víctimas (cárceles y hospitales).
Para realizar esta obra de liberación las casas trinitarias tendrán la puerta abierta, tanto de día como de noche, para que toda joven necesitada de protección o de liberación, encuentre en ella acogida, sin condición alguna, “incluso cuando para ello la hermana tenga que dejar su lecho y alimento, a semejanza de los antiguos trinitarios.” (Constituciones primitivas, 1901). Esta referencia a los primeros trinitarios, que dejaban sus vidas en las mazmorras a cambio de la libertad de los cautivos, explica el carácter profético que había de animar y distinguir su espiritualidad y Misión: la incondicionalidad y el derroche de generosidad, y la preferencia por las víctimas de la sociedad, por los cautivos.
La experiencia de Dios del padre Méndez es similar a la que llevó a San Juan de Mata a fundar la Orden para la redención de cautivos. Dios es libertad, y se encarna en Jesucristo para redimir y liberar a cuantos están sometidos a yugos que no les permiten caminar por sí mismos hacia la verdadera felicidad a la que son llamados.
Es la experiencia del Dios que, por Amor, se despoja de su divinidad y asume la naturaleza humana, padece la condición de sus hermanos hasta morir en cruz y nos revela la Liberación definitiva, poniéndonos en camino de nuestra condición divina. La liberación es el anuncio del Reino de Dios hecho desde el testimonio de la propia vida y el poder de la palabra, y la denuncia de todo sistema de pecado que oprime y degrada al ser humano. Es un anuncio liberador, hecho desde el conflicto de la historia; por eso es Buena noticia para los oprimidos.
4. La garra profética del carisma trinitario
El Padre Méndez vive su espiritualidad trinitaria en la sociedad europea del siglo XIX. Es en esta sociedad donde el Carisma trinitario ha de ser prolongado. Al mismo tiempo nos deja las claves para que sea permanentemente actualizado en las esclavitudes que los pobres y oprimidos, padecen en todo tiempo y lugar, especialmente en “el cuarto mundo”, en los suburbios de las grandes ciudades donde abunda la extrema pobreza y la explotación de los más indefensos. La opresión, injusticia y miseria, la cautividad o esclavitud no está sólo en lejanas tierras, en lugares no cristianos, sino en el corazón mismo de nuestra sociedad en pleno progreso y desarrollo industrial.
Con la opción preferencial por las víctimas del progreso desigual, desenmascara una realidad y denuncia la opresión que genera. Y lo hace poniendo todos los avances y beneficios del progreso al alcance de los más pobres, a quienes pone a la altura de su dignidad, para que desarrollando sus propias cualidades, tengan la oportunidad de ser protagonistas en su propia liberación.
Esta “prolongación y actualización” del carisma trinitario redentor de la Orden, le devuelve su garra profética en un tiempo en que, a causa de la abolición de la esclavitud (para la cual había nacido la Orden) se necesitaba reinterpretar el carisma en las nuevas situaciones y condiciones de esclavitud. En el siglo XIX la sociedad europea progresaba, pero a costa de las víctimas que genera su mismo ascenso: pobres, mujeres, la clase obrera en general, los huérfanos y todos los necesitados. Las situaciones de explotación y miseria en que vivían reclamaban una respuesta, necesitaban la Redención y Liberación de Jesucristo.
Lo más específico del carisma trinitario redentor, expresado en la capacidad de ir donde están los excluidos, donde se genera la esclavitud, ha de actualizarse en una nueva realidad. De esta manera se van desarrollando las virtualidades contenidas en el carisma originario de la Orden, y se prolonga y perpetúa en la historia.
Entre los más débiles el padre Méndez es enviado a las jóvenes, que por ser pobres y mujeres, y por estar en una edad en la que se les exige valerse por sí mismas sin tener los recursos necesarios y sin estar preparadas, son las víctimas más propicias. Hay que ir donde son explotadas y oprimidas, buscarlas, rescatarlas, redimirlas y liberarlas. Para ello han de poner en marcha proyectos audaces que posibiliten la recuperación de su propia valía y dignidad, la preparación humana, espiritual y profesional que las prepare para vivir como criaturas libres en la sociedad que las excluye.
5. Denuncia la opresión y anuncia la liberación
Por su carácter liberador es perseguido, criticado y calumniado. Molesta la liberación que ofrece, y molesta por dos cosas: por su plena confianza en las posibilidades de los más pobres, y porque denuncia la hipocresía de los que progresan y se enriquecen a costa de sus víctimas. Es una sociedad satisfecha de sí misma, que explota al pobre y excluye a los pecadores, y sobre todo le interesa que haya víctimas a quienes responsabilizar de la situación que padecen.
Este estilo de vida, con su espiritualidad y sus obras, provoca debate social. Hay críticas, pero también defensa de algunos que descubren su garra profética, su denuncia a los poderes opresores y su anuncio liberador. Un ejemplo de este debate es la critica de cierta prensa madrileña, que se defiende descalificando a quien desenmascara su hipocresía y atenta contra su capital. Así, el Círculo que representa los intereses industriales de Madrid, escribe al Ministro de Hacienda para que suprima el Instituto fundado por el padre Méndez, ya que pone en peligro sus intereses económicos y pone al nivel de personas dignas a quienes viven en el vicio (Cf. El Imparcial, Febrero de 1901).
Otro periódico expone la causa de la amenaza que supone la nueva fundación: la liberación de las jóvenes, explotadas por ser pobres y mujeres. Una explotación que es material, física, psicológica y espiritual. Sin tratar cuestiones teológicas, pues no se escribe en nombre de la fe, tiene que reconocer que lo que está sucediendo realmente es la liberación de los que el progreso excluye y utiliza.
“No se puede confundir el convento dedicado exclusivamente al rezo y a la vida contemplativa, con el Asilo de la Santísima Trinidad, que es una casa de trabajo, de acogida y rehabilitación para las víctimas de una sociedad dominada por la pasión que produce millares de expósitos, de mujeres víctimas de la miseria, de ciudadanos que no hallan amparo ni particular ni oficial... La mujer de catorce a veinte años, vendida por su madre, abandonada o huérfana, que cae en el vicio seducida por el hombre deshonrada en los albores de su juventud; esa mujer a la cual le repugna la vida y el medio ambiente que respira, y quiere volver al buen camino ¿qué apoyo oficial o particular encuentra? ¿Se ocupa de ella el Estado? ¿La recoge la beneficencia particular? ¿La admite en su casa el prójimo que conoce su procedencia? Pues el Asilo de la Santísima Trinidad, cuya legalidad se discute en estos momentos, ha realizado la liberación por medio del trabajo de muchos centenares de mujeres jóvenes de cuya educación, corrección, y porvenir se encarga, sin pedir nada a nadie... Su Misión es dar trabajo y calidad de vida a las mujeres de corta edad que quieren salir de la esclavitud a la que la fuerza y la miseria las lanzaron. Allí aprenden un oficio, o un arte, y de allí salen capaces de valerse por sí mismas, sin necesidad de caer en las redes de las que han sido sacadas. Es pues, el Asilo al que me refiero, único en su clase, y pocos de este género hay en Europa” (E. Blasco, La Correspondencia de España, Madrid, 1 de Abril de 1901).
No hay espiritualidad trinitaria sin participar de la Misión profética de Jesús. Como Él, tenemos que anunciar el Evangelio con obras y llevar la liberación a los pobres y cautivos. Este anuncio hecho con el testimonio de la propia vida y con obras, está denunciando, “sin palabras” pero desde la propia vida, la opresión.
V. SÍNTESIS: UNA ESPIRITUALIDAD PARA TODOS LOS TIEMPOS
1. Abrasado en el fuego del Divino Redentor
"Fue la causa que hizo suspirar por una institución que, formada por corazones llenos de valor y confianza, viniera a llenar ese hueco y a responder con un ‘Heme aquí al salvador cuando dice: Fuego he venido a poner en la tierra y ¿qué quiero sino que arda? (Constituciones primitivas, 1).La espiritualidad trinitaria del Padre Méndez está impregnada de esa pasión de Jesús por la salvación que expresa con el símil del fuego. Es la pasión por decirle al hombre que Dios le ama y que está esperando que se convierta a su amor. Dios envía a Francisco para que perpetúe el fuego de Jesucristo y siga extendiéndose hasta alcanzar a todos, también a las jóvenes caídas en las redes de la prostitución, vendidas, explotadas o marginadas. Y para todas aquellas que están en peligro y necesitan una puerta abierta.
“El celo por la salvación es un encendido amor de Dios y un deseo de que todos le amen, le honren y le den culto... Es el fuego que el Redentor vino a poner en la tierra, que se expresa en el Celo, que es un afecto intenso del justo y verdadero amante, con el cual busca diligentísimamente el honor de Dios y la salud del prójimo, y resiste fuerte y constantemente a lo que se opone a estas dos cosas” (Directorio primitivo, 215).
Dar gloria a Dios dando vida verdadera a quienes no disfrutan de ella o están en peligro de perderla, este es el verdadero Celo, Fuego, Pasión, Amor en definitiva. “Si no amamos al prójimo es que no conocemos a Dios; si le conocemos y prende su fuego en nosotros, el amor se propaga. Pero si no estamos abrasados en el fuego del Divino Amor, no podremos encender a nuestros prójimos” (Directorio Primitivo, 182). No se puede vivir libre y liberando si no se tiene dentro el Fuego de Dios, pues la libertad es para el amor, y el amor hace libres.
Su mayor gozo es ser imitador de Jesucristo Redentor, pues Él fue quien trajo al mundo el fuego que ha prendido en él. Y concibe su misión y el sentido de su vida como un estar abrasado en el fuego del Redentor para encender así a los demás. Toda su vida fue una constante alabanza a Dios Trinidad, una lucha incesante por la causa de la liberación de los necesitados, a quienes sentía amar con incondicional preferencia. Madre Mariana, comentando la visión que tenía del fundador al acabar su vida, nos dejó este sencillo testimonio:
“Abrasado en el fuego del Amor divino y para ser reedificado en Cristo, su estado era ya tan perfecto que sólo pensaba en Dios y a Él sólo amaba, y hacia él volaba su corazón, abrasado en su fuego que reflejaba en el amor al prójimo”. (Madre Mariana, Historia del Instituto,40).
2. Presencia permanente del Misterio de Dios
El Misterio de la Trinidad es fuente primera de caridad redentora, realizada en la historia por el Padre a través del Hijo y con la fuerza del Espíritu Santo. Una espiritualidad es trinitaria siendo en la tierra presencia y manifestación de la Trinidad, Dios Amor, y de su obra redentora, expresión dinámica del Amor de Dios a todos los hombres. La espiritualidad es la fuente de la que emana la Misión. Es el AMOR de Dios que se expresa en la Comunión con Él y entre los hermanos y en la Liberación de todos los oprimidos. El padre Méndez concreta esta espiritualidad en los siguientes aspectos:
- Adorar a Dios Trinidad por medio del culto litúrgico, la alabanza y la contemplación
- Vivir la Comunión que emana de Dios Uno y Trino por medio de la vida fraterna y la acogida
- Actualizar la Redención y Liberación, propósito del Padre que se nos revela en el Hijo y que perpetúa en todos los tiempos el Espíritu Santo, yendo al encuentro de la Salvación de Dios entre las criaturas privadas de libertad o en peligro de perderla
Las imágenes bíblicas que expresan esta espiritualidad y caracterizan la lectura particular que hace del Evangelio el Padre Méndez son:
El Padre misericordioso que ama y perdona sin condiciones, con especial preferencia a los excluidos El Hijo, Jesucristo Redentor, encarnación del amor incondicional del Padre Jesús, Buen Pastor, que da su vida por las ovejas y va en busca de las que se han extraviado del rebaño El Espíritu Santo, que recrea la vida, hace nacer de nuevo, y con sus dones lleva la liberación de Jesucristo a las criaturas que la aceptan, y conduce a la vida plena que el Padre quiere para todos.
3. La espiritualidad es un modo de vivir
Conocer la vida del padre Méndez es conocer su espiritualidad, profundamente trinitaria. La espiritualidad impregna totalmente su modo de vivir personal, el modo de hablarnos de Dios, su oración, sus relaciones con todos, especialmente con los pobres, y también con las hermanas y con todos los que ha de compartir su vida. Esta espiritualidad y modo de vivir tiene su proyección dinámica en unas obras preferenciales.
Pero la espiritualidad para el padre Méndez es sobre todo un DON. Este don es como un sello que Dios pone en nuestros corazones, donde está impresa su imagen trinitaria. Para que este don realice lo que significa, debemos vivir íntimamente unidas a Él. La espiritualidad trinitaria se consuma cuando, apasionados por Dios Amor y por sus hijos todos, se dedica la vida entera a servir humildemente a los más necesitados.
En el Padre Méndez no hay dualidad entre vida interior y vida exterior, entre espiritualidad y misión, entre vida fraterna y acción apostólica, porque no hay dualidad entre amor a Dios y amor al prójimo, entre glorificación a la Trinidad y salvación de las criaturas, entre Redención de Jesucristo y libertad para los cautivos. Desde la comunión viva con Dios Trinidad, en quien se fundamenta su propia identidad, como hijo de Dios y hermano de todos los hombres y mujeres, se siente llamado a seguir a Jesucristo como sacerdote y como trinitario.Vive su vocación de fundador como un don que conlleva una tarea: hacer familia, una familia que ha de ser una pequeña parábola del cielo, que ha de tener la puerta de su casa siempre abierta para todos los que Dios llama. Esta familia integra en su seno a las jóvenes para quienes se funda, y después a los muchachos, los cariñosamente llamados “golfillos”. La familia es Reino de Dios, y como tal es para todos, sin acepción de personas, y sin que a nadie se discrimine por lo que haya sido o hecho en su vida. A un famoso golfillo lo defiende diciendo que por qué no puede él llegar a sentarse en la cátedra de san Pedro.
La fidelidad al don que recibe le hace ser creativo, audaz, capaz de multiplicar los escasos recursos materiales. Por estas cualidades humanas fue grandemente alabado, pero él no concibe de otra manera la fidelidad al carisma trinitario. Para el padre Méndez, con el carisma trinitario recibimos todas las cualidades que se necesitan para hacer real y eficaz en este mundo, en las situaciones y condiciones que nos toque vivir, la obra del Redentor, modelo de donación total y principio de comunión.
Feli Fernández, Trinitaria