Se hace presente cuando compartimos: el pan de cada día, los sufrimientos y la esperanzas. Aunque estemos desanimados y nos tiente la desesperanza: si compartimos, Él está entre nosotros (Lc 24).
Está presente en la Comunidad, aunque esté cargada de miedos y encerrada en sí misma, como en el Cenáculo. Porque a Dios no le estorba nuestra humanidad para hacerse presente, sobre todo si hay sencillez, humildad, verdad.
Se hace presente en la intimidad de la Amistad, donde se experimenta a fondo perdido el compartir y la solidaridad, el compromiso y la generosidad, donde se aprende el oficio de consolar, y donde se aprende a "dejarse amar".
Se hace presente en los que buscan a Dios, aunque le busquen en lugar equivocado. Como le sucedió a Mª Magdalena, nosotros no le reconocemos, pero Él sí nos reconoce, y en nuestra desesperación pronuncia nuestro nombre. Se hace presente en la duda, en los que dudan y hasta desconfían, o “ciegos” quieren una prueba (Tomás).
Se hace presente en el pecador y en el arrepentimiento, en la corrección fraterna y en el perdón. Está presente cuando se acoge a un peregrino y se le hace sitio entre nosotros (Emaús). Está presente en su Palabra, y especialmente en el texto sagrado de nuestra vida. Está presente en la Eucaristía, y lo reconocemos cuando ésta es expresión de la vida y alimento para nuestra vida de cada día.