"Reconocemos que no hemos sido lo que debíamos, porque si hubiéramos meditado lo que debemos ser y lo que es mejor hacer en cada momento, seríamos otra cosa completamente distinta, hasta ser, dentro de casa y en la calle, en la Iglesia y en el hospital, o donde nos hallemos, ejemplo vivo de virtud, ascua encendida que prendiera por todas partes el fuego del AMOR.
Pero qué hemos de hacer, ¿vamos a desmayar al ver nuestras flaquezas, al ver un día y otro, una semana y otra nuestras mismas caídas? No, no, nada de desmayos. Dios de todo saca bienes.
Pues bien, considerando esto, lo que nos queda es en vez de desmayar, empezar de nuevo, y si no somos lo que debemos, empezar desde hoy: que el fuego del Amor arda en nuestro corazón, que de nuestros labios no salgan palabras de censura ni de impaciencia, que nuestros pensamientos no vayan a juzgar a nuestros prójimos atribuyendo a mala voluntad lo que hagan, y que nuestra mirada siempre fija en el cielo, nos llene de amor viendo el amor que Jesucristo nos tiene, que nos haga comprender la necesidad que de humildad tenemos, y que nunca degeneremos de la sublime dignidad para la que nos ha elegido.
Pero dejemos esto para meditarlo despacio y, volviendo los ojos a la tierra, demos gracias mil a Dios por los muchos beneficios que nos ha dispensado y nos dispensa, y hoy y todos los días no dejemos de darle gracias y alabanzas. Alabarle por nosotros, alabarle por todos, alabarle y bendecirle, también por los que sin conocerle le blasfeman, alabarle pidiendo a Dios perdón y proponiendo tener siempre vivo el fuego del Amor.
(Francisco Méndez, CARTA LXXV)
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ORACIÓN, DISCERNIMIENTO Y CARIDAD // TRADICCIÓN, TEOLOGÍA Y LITURGIA
Cuaresma: Enciclopedia católica