Merche Rueda Martínez

Situación de la mujer en Zautla, Oaxaca

        La situación de la mujer en Zautla, es muy dolorosa. Con frecuencia la mujer no cuenta para nada en la sociedad indígena, siendo para los hombres un instrumento más de su “uso” personal, cuya única función se limita al trabajo y la crianza de los hijos.

       En varias ocasiones, en la visita a las familias, oíamos decir a los padres “qué voy ha hacer si el señor me ha dado una mujercita, mi esposa no tiene la culpa, ya no podemos hacer nada”. Lo que ellos valoran es tener hijos varones que acrecienten sus familias, pero no mujeres, éstas están destinadas a irse de casa cuando son dadas en matrimonio, y solo sirven para trabajar y tener hijos.

         Las niñas, desde muy pequeñas, tienen que ayudar en la casa en el cuidado de los hermanos más pequeños y en las tareas del hogar, tales como lavar la ropa, hacer la comida, ir a por leña, lavar trastes y echar tortillas.

         En Zautla, existen dos escuelas: la de primaria y la telesecundaria, pero hasta hace pocos años, era difícil que las niñas fueran a clase, ya que estaban obligadas a ayudar a sus madres en casa o bien a trabajar para apoyar económicamente a la familia; por este motivo PROGRESA, ha concedido un dinero mensual a las madres por cada hijo escolarizado, gracias a ello, esta ayuda económica ha servido de aliciente y ahora, casi todas las madres, escolarizan a todos sus hijos para poder cobrar más dinero.

         El problema de las niñas, una vez que han acabado la telesecundaria, es que no pueden continuar estudios en el pueblo, con lo cual sólo tienen dos opciones: renunciar a su promoción y quedarse en el pueblo, o bien, ir a la capital a estudiar y trabajar; pero tanto una opción como la otra, va acompañada de consecuencias negativas para las jóvenes:

         Si se quedan en el pueblo, su futuro está destinado a “casarse”, lo que supondría que algún muchacho se fijara en ellas y se lo dijera a sus padres, para que éstos hablaran con los padres de la muchacha y la pidieran para esposa de su hijo. Si los padres de la muchacha acceden, ésta se iría a vivir con el muchacho y los padres de él, hasta que hicieran su propia casa. Pero en todo este acuerdo familiar, la joven no tiene opción de elegir, aún cuando no conozca ni quiera al muchacho que la pide, una vez que es pedida y sus padres aceptan, debe irse a vivir con él. Más adelante, si son católicos, hablarán con el Padre para prepararse y casarse por la Iglesia, aunque esto suele ser después de varios años de convivencia y habiendo tenido ya varios hijos.

         Una vez que la muchacha es dada en matrimonio, su vida se reduce a preparar y moler el maíz para echar las tortillas (tarea que hacen a diario), preparar la comida para llevársela a los hombres de casa al campo, criar a una media de 5 a 7 hijos, ir a por leña y ayudar en la limpieza de la milpa.

         En sus relación de pareja, las mujeres, en raras ocasiones reciben cariño de sus maridos, no conocen las caricias, el trato afectuoso ni son tenidas en cuenta por parte de éstos. Su relación sentimental se reduce únicamente a tener relaciones sexuales, en las cuales no cuenta nunca la voluntad de las esposas, teniendo que aguantar, en muchas ocasiones, las consecuencias de las borracheras que a diario sufren sus maridos. Sexo que al no ser controlado, por la falta de formación, es el fruto de múltiples embarazos.

         Con frecuencia la mujer indígena no se siente amada, se siente sola, desvalorada; los hombres no son capaces de ayudarlas en los trabajos en los que es necesaria la fuerza física y si algo hacen mal o no es del agrado de sus esposos, puede llegar a ser motivo de maltrato.

         Toda esta situación, repercute físicamente en las mujeres, cuyo rostro, aún desde muy jóvenes, aparece deteriorado y envejecido. Toda su fisonomía se ve afectada por los múltiples embarazos, los partos en situaciones higiénicas tan precarias y por la falta de atención médica para cualquier tratamiento, que unido a la pobreza en que habitualmente viven, hacen de ellas ancianas precoces, a pesar  de seguir siendo jóvenes y en muchas ocasiones, sin haber dejado de ser niñas.

         A esta primera opción del matrimonio, se le añade otra posibilidad, que es cuando la joven es robada sin el consentimiento de sus padres, ante lo cual tendrá que vivir con aquel que la robó, aún estando sus padres en el pueblo.

         En caso de que las muchachas quieran otro futuro para ellas, la única alternativa que tienen es salir a la capital y trabajar, lo cual hace que no sean dadas en matrimonio tan jóvenes, pero como contrapartida, se encuentran con una realidad social que no es la suya habitual. La gran ciudad las ciega e inexpertas e inocentes, corren el riesgo de caer en las redes de aquellos que son el origen de su perdición, o bien, aun en trabajos honrados y sencillos, son explotadas por sus señores, sin recibir a cambio el salario que merecen por su labor.

         En definitiva, la situación que la mujer indígena y concretamente, las mujeres de Zautla, están viviendo en la actualidad, es un grito de dolor ante el cual no podemos hacer oídos sordos. Su esclavitud y marginación son el reto que hoy, Dios, pone en nuestro camino y que nadie mejor que un Instituto dedicado a la liberación de la mujer, puede responder a el.

¡GLORIA AL PADRE,

GLORIA AL HIJO,

GLORIA AL ESPÍRITU SANTO!