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De rodillas ante el Cristo que en su oratorio venera
pidiendo está el sacerdote su ayuda para una empresa
que desde largo tiempo acaricia y para en breve proyecta:Señor, Tú que a redimirnos descendiste a la tierra
Tú que das cual pastor bueno la vida por tus ovejas,Tú que las buscas y sacas de las peligrosas sendas
y al redil sobre tus hombros amante y tierno las llevas:Mira este redil cristiano que tantos lobos acechan
y en las almas que son tuyas clavan sus garras sangrientas.
Redímelas Jesús dulce que la sangre de tus venas
derramaste generoso dando tu vida por ellas.No están, Señor entre infieles que de tu nombre blasfeman
ni hay que salir a buscarlas fuera de cristianas tierras.
Viven, mejor dicho, mueren en estas ciudades nuestras
donde tu fe se predica y donde tu amor impera.Bien conozco, Jesús mío el fondo de mi miseria;
conozco que nada valgo para tan grande empresa,
pero cuanto tengo y soy yo te lo doy sin reservas.¡Oh si en oficio tan noble servirte, Señor, pudiera!
Pero si Tú, Jesús bueno, mi humilde servicio aceptas,
habla que tu siervo escucha y su voluntad te entrega.CALLÓ, Y EL CRUCIFICADO DE ESTE MODO LE CONTESTA:
Bien me demuestra, hijo mío, tu corazón su nobleza;
y no en vano te he elegido para que tú mismo seas
el que realice esta obra grande con que tu alma sueña.Esos anhelos que sientes de deshacer las cadenas
y de romper tantos lazos tendidos a la inocencia
son anhelos generosos que yo puse en tu alma buena
para que heroico llevaras a cabo la gran empresa.Tienes pues mi bendición y mi gracia y mi licencia;
no te arredren las batallas, que han de presentarse fieras:
Pero nada podrá acobardar a quien con mi auxilio cuenta.Mira bien cuantos caudillos fundadores de obras buenas
que yo elegí van delante ¡Anda, pues y nada temas!
Lucha con fe por las almas, contra el mal y sus cadenas.
Tu victoria será grande y eterna tu recompensa.(L.L.C., 1925)