Toda vocación es una irrupción del Señor en la vida de una persona. Él llama por amor; responder y seguirle es lo mejor que puede pasarte. Y Él llama para amar. Por eso responderle es lo que más contento deja el corazón humano.
Cuando tú tienes que hacer algo muy importante, se lo confías a alguien a quien amas de corazón y sabes que no te va a defraudar. Si esa persona te quiere, te ofrecerá su ayuda sin condiciones. Entonces sucede algo muy grande: tú te realizas, tu amiga o amigo se realiza, y el mundo es un poco mejor.
Algo así es lo que el Señor hace: cuenta con alguien a quien ama para llevar adelante sus planes y realizar lo que para Él es muy importante ¿Puede haber algo más importante y bueno, más agradable, que hacer un mundo nuevo sacando de los seres humanos lo mejor de sí mismos? Para esto nos llama el Señor.
Sentir la llamada del Señor no es fácil. Los diferentes testimonios lo expresan así: es como un susurro, una fuerza irresistible, una corazonada, experiencias cotidianas que tocan el corazón o experiencias extraordinarias que te invaden entera; una suave y delicada llama o un fuego irresistible.
Lo cierto es que en todos se ve una orientación clara en sus vidas: acercarse a los demás, ser para otros, ayudar, consolar, remediar situaciones, amar.
Todo esto no sucede por casualidad. Sí, el Señor llama, respeta las puertas cerradas y, aunque insiste, no se impone. Es difícil escuchar su voz cuando estamos llenos de ruidos; es difícil que nos interesen sus cosas cuando estamos centrados en nosotros mismos. Por eso es bueno pararse un poco, callar los ruidos y escuchar lo que dice nuestro interior.
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