VII DOMINGO DE PASCUA
Todos los humanos buscamos la superación, mejor nivel de vida para nosotros mismos y para los nuestros, y la maduración de nuestra persona. Sin embargo, nos enfrentamos, con frecuencia, a dificultades, retos, tensiones y a nuestra inconstancia para lograrlo. Pero, a pesar de todo… tratamos de elevarnos. De esto nos habla la ascensión del Jesús a la gloria del Padre. Meditar sobre la glorificación de Jesucristo nos lleva a superarnos en la tierra para que, dejándole hacer en nosotros, podamos ser alcanzados por el Señor de la gloria.
El Evangelio no acentúa el alejarse Jesús de la tierra sino el compromiso de una comunidad que debe difundir su mensaje mientras él no sea visible, en Jerusalén o en cualquier lugar de la tierra. Nuestra misión consiste en hacer visible y presente a Jesús en donde, físicamente, no estuvo. La oración en este tiempo Pascual no trata de dar información a la cabeza, sino de enseñarnos a cuidar el corazón y la intención, la decisión y el compromiso; y, sobre todo, de alimentar nuestra fe: fe en su presencia, confianza en su poder y fuerza entre nosotros, fe en su actuar incesante con nosotros, entre nosotros, y a través nuestro.
La ascensión se comprende a medida que dejamos de mirar la ausencia y nos centramos en la presencia. La ascensión nos hace volver al lugar en donde se encuentran los hombres y mujeres, todos hijos del mismo Dios, y nos invita a trabajar entre ellos, y nos convence de la presencia activa de Cristo, a través de nosotros, y de nuestros hermanos.
La Ascensión no recuerda y celebra la ausencia, sino una nueva presencia del Resucitado. Por eso, la nostalgia debe convertirse en alegría: Si me amarais, os alegraríais porque voy al Padre... Vendrá el Espíritu y, con su fuerza, los cristianos de todos los tiempos, anuncian la Buena Nueva: ¡Seréis mis testigos!... hasta los confines del mundo... Por eso no hay lugar para la nostalgia y mucho menos para la pasividad:
¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?... Nuestra misión es la de dar testimonio de Jesús y llevar a todo el mundo su Evangelio.: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et Spes).

ORACIÓN
Señor,
a veces te imaginamos lejano,
como una galaxia;
y entonces nos tienta el tibio contacto humano.
Danos a sentir tu inmanencia
en el corazón de la vida;
queremos hallarte en lo profundo de lo cotidiano.
Sabemos que el pecado es sólo una adoración atajada a mitad de camino. ¡Estás tan cerca
que es un error salir en tu búsqueda, lejos!
Estás presente entre nosotros, en cada uno;
te revelas en todo esto que fascina o hiere.
Tú estás presente en nuestra intimidad hecha diálogo,
cuando se enciende el iris del amor interpersonal.
Ven, Señor.
Ya has venido; ya ha empezado la eternidad.
Ahora sólo nos falta ver.
Con los ojos abiertos,
te escrutaremos en todos los rostros humanos,
en espera de tu palabra.
Te estás revelando siempre,
en cada sonrisa, en cada problema.
Ábrenos el oído, como una antena expectante,
en escucha de tu latido sembrado en cada “Tú”.
Que no te amemos solamente en la Eucaristía,
sino en la comunión de toda la gente
las jóvenes, los alumnos, la calle;
que te besemos en la crucifixión
de los necesitados de nuestro tiempo.
Que nunca malgastemos el amor,
pensando en nosotros;
desintégranos irradiando toda nuestra intimidad alrededor.